Karyn Kusama, directora dispar con títulos como Æon Flux (2005) o La invitación (2015), nos presenta un thriller al más puro estilo L.A. Noir con una Nicole Kidman jamás vista hasta ahora en 120 minutos que absorven adecuadamente al espectador y un final que atrapa, quieras o no, aunque sea durante los últimos instantes tras el clímax. La dirección de Kusama y la interpretación de Kidman han sido, sin duda alguna, el foco de los reseñistas y críticos cinematográficos, pero, ¿hasta qué punto funciona el conunto entero?

Destroyer: una mujer herida narra la historia de la Inspectora Bell (Nicole Kidman), una lobo solitario del Departamento de Homicidios de Los Ángeles. Cuando descubre que Silas (Toby Kebbel), un ladrón de bancos y asesino, ha vuelto a la ciudad, Bell decide tomarse la justicia por su mano y llevar a cabo la venganza hacia el hombre que marcó un punto y a parte en su vida personal y profesional. La historia oscila entre la investigación en ciernes de Bell y la narrativa retrospectiva que nos muestra su pasado con Silas, a quien conoció tras infiltrarse en su banda con su compañero Christian (Sebastian Stan). Uniendo cabos con el pasado, seguiremos la presente batalla del personaje de Kidman que deberá lidiar con los ecos del mismo a la par que con su desastrosa vida fuera del cuerpo.

El guion de Phil Hay y Matt Manfredi no aporta nada especial a la narrativa policíaca a la que estamos acostumbrados. Los personajes son estereotípicos, así como los diálogos, acontecimientos y trama general. Salva este guion mundano cómo Kusama decide llevarlo a la pantalla, acompañada de una Nicole Kidman fuera de sus casillas (y extremadamente bien caracterizada) junto a un elenco de secundarios brillante, cada uno con una oportunidad u otra de brillar. Destacan entre estos un Sebastian Stan que está subjetivamente increíble en todo lo que se proponga (si no, que se lo pregunten a sus seguidores en redes sociales), y a un Bradley Whitford que se come a quienquiera que aparezca en plano con él, sea jugando a mafioso sopranenco con Bell o masticando un bocadillo en un parque.

Condimentan la producción una banda sonora y fotografías bastante bien cuidadas, pero si de aspectos técnico-artísticos tenemos que hablar es del proceso de rejuvenecimiento de los personajes durane las escenas de retrospectiva y viceversa. Aunque con todos los personajes implicados el resultado final es sobrecogedor, lo que han hecho con Kidman, pelucas al margen, es digno de nominación (aunque finalmente tan sólo haya sido nominado el filme a mejor actriz y directora, pero, ¡en fin!).

Como comentábamos, es el trabajo de Karyn Kusama y cómo decide llevar a cabo la narrativa y desenlace de la cinta lo que realmente acaba sorprendiendo al personal. Las escenas de acción están genialmente trabajadas (algo en lo que Kusama ya tiene experiencia), y consigue mantener algunos toques de cine indie aquí y allá. Los personajes arquetipo son tan simples como cercanos, consiguiendo transmitir una curiosa empatía por aquellos por quienes, en otras cintas, no quebrarías ni un mondadientes.

Más allá, el filme es funcional. Y eso es muy bueno. Sorprende a la par que se deja disfrutar. Una asequible vista para el cinéfilo y una más que reconfortante experiencia para el espectador de cada día.

Artículo de Sergi Páez.

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