Cartel de Todas somos Jane
Cine,  Crítica

Todas somos Jane: un pasado que no debe olvidarse

No quiero engañar a nadie, mi interés por ver Todas somos Jane radicaba en tres hechos concretos: 1) Elizabeth Banks 2) Sigourney Weaver 3) Años 60. La conjunción de esos tres factores eran más que suficientes para despertar mi interés en la segunda película de Phyllis Nagy, la primera fue la televisiva Mrs. Harris de 2005 en la que también co firmaba el guion junto a Shana Alexander.

Un retrato del pasado que puede ser el futuro

Todas somos Jane viaja hasta los Estados Unidos de América a la década de los años 60, unos años en los que la cultura pop según la entendemos da sus primeros pasos. Si nos referimos a ese país se puede hablar de la llegada de importantes personajes de cómic como Spiderman o Daredevil, series como Star Trek o Los Picapiedra, películas como El apartamento o La gran evasión, y muchos más títulos y hechos.

La sociedad de los años 60 quería cambiar y quería crecer, también en Inglaterra y en otros tantos lugares (incluso en nuestro país, a pesar de estar dentro de un dictadura), pero aunque se daban pasos en la dirección correcta quedaba mucho por hacer. Las libertades civiles estaban lejos de ser las de hoy. Algo que retrata de forma clara esta producción a través de la problemática de un aborto que todavía no era legal, de las abismales diferencias entre negros y blancos o de cómo los homosexuales debían vivir su vida sin dejar ver su auténtico yo.

Hechos que vistos hoy uno entiende mejor la lucha y todo lo que ha habido que batallar, y por desgracia empieza a ver las orejas al lobo de qué podría pasar. De cómo este pasado puede llegar de nuevo, de partidos políticos con ideologías retrógradas que en vez de querer que todos avancemos añoran un pasado que está muy bien en el sitio en el que está, en el recuerdo, en los libros y en las películas. Todas somos Jane habla del pasado pero se convierte en un mensaje sobre el presente.

Una película estadounidense muy británica

La directora Phyllis Nagy, con guion de Hayley Schore y Roshan Sethi, conforma una película sencilla y honrada. Cuenta algo muy concreto y lo hace de frente, sin artificios de ningún tipo. Todo a través de situaciones cotidianas y personajes igual de cotidianos, o mejor dicho de personas cotidianas. La protagonista, Joy (Elizabeth Banks), somos todos. No es una superheroína, no es una política de alto nivel, solo es una persona normal y corriente intentando salir adelante y dejar tras de sí un mundo un poco mejor para todos los demás.

No hay grandes batallas, no hay escenas de lucha, no hay gritos. Solo hechos y actos, ocultos, sencillos, reales. Esto es algo que la película deja claro desde un primer momento cuando Joy se topa con una manifestación que termina con disturbios en la primera escena pero lo hace desde el otro lado, detrás de la puerta del hotel en el que está y sin realmente contemplarlo. Es una manifestación en off, toda una declaración de intenciones sobre qué vamos a ver y que casi encaja más con una película británica que con una estadounidense. Todo el metraje tiene ese toque que le hace parecer más inglés que americano, desde el ritmo a las actuaciones, pasando por los planos y la puesta en escena.

Y bien he dicho que no hay grandes batallas y ella no es una superheroína sí que hay una lucha y sí hay heroínas. En concreto la llevada a cabo por Jane, ese colectivo de mujeres que ayudan a otras a poder abortar en un momento en que era ilegal, incluso en situaciones totalmente adversas para la mujer. La historia no nace desde cero, el Jane Collective fue una agrupación clandestina real que entre 1969 y 1973 cuya misión era poder ofrecer un aborto seguro y accesible. La practica era ilegal pero eso no quiere decir que no se realizara, se hacía con un alto coste (en dinero y en vidas) y precisamente por eso nació Jane.

Un mensaje claro y directo

Debo decir que la película va de menos a más, en parte por su duración. El filme llega a las dos horas y por el camino pierde fuerza, algo que seguramente sería menos problemático con un tiempo menor (personalmente creo que en hora y media sería perfecta). Estos minutos de más hacen que el guion no llegue al nivel de los dos primeros tercios y que el final se antoje algo descafeinado, como si una vez mostrado el mensaje y la problemática la cinta pensara “trabajo hecho, ya puedo descansar”.

Por otro lado más duración también significa más tiempo de Sigourney Weaver en pantalla, y eso es algo que siempre hay que agradecer. La ya veterana actriz está perfecta en su papel de Virginia, cabecilla de Jane (basada en la figura real de Heather Booth), como una mujer fuerte y capaz que antepone la lucha a cualquier cosa. Su vida son las causas y la justicia social por encima de todo, en ocasiones incluso llegando a empañar su vista respecto lo que para otros también es igual de importante.

Todas somos Jane tiene un mensaje claro y, por desgracia, muy actual (que, en cierto sentido, también está presente en Barbie). Lo da a través de unas sólidas actuaciones y una buena factura, con sus defectos pero más virtudes que hacen de ella una película que no hay que dejar pasar.

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