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¡Mundos sin Navidad! Un relato de Frost, perrito de aventuras

Quedaban pocos días, muy pocos, para que llegara la Navidad. Mientras tanto Frost, perrito de aventuras surcaba las estrellas y viajaba por el oscuro espacio a bordo de Duque, su prodigiosa nave autoconsciente. El cosmos les daba a ambos la bienvenida entre sus misterios y secretos, y ellos dos estaban encantados con ello, siempre a la búsqueda de algún lío en el que poder meterse.

En las últimas semanas el intrépido can había ido de un planeta a otro, era reclamado desde muchos lugares diferentes que solicitaban ayuda y auxilio. Sin saber cómo, sus adornos y luces habían desaparecido, también sus regalos y sus canciones, alguien se lo había llevado todo, había robado la Navidad… ¡Y nadie sabía quién había sido!

– Ha robado un mundo entero, el muy dicharachero – dijo la nave convencida.

Frost quedó un momento en silencio, extrañado por lo que acababa de oír. – ¿Has hecho una rima? – Preguntó – Eso es del relato del año pasado, este es el del Grinch, ¿no te has leído el guion? – parecía que la nave tenía un pequeño retraso en el motor de tiempo cuántico.

– Ups, perdón. – Contestó con metálica y avergonzada voz.

Los mensajes e informaciones que habían podido recoger en los diferentes lugares del crimen no dejaban una sola duda, solo podía haber un culpable. ¡Y ese era el Grinch! ¿Quién más podría ser tan osado, tan malvado, tan vil? Y además, en estas fechas…

Aunque hasta lo que ellos dos sabían, se había rehabilitado, pero todo le señalaba y era mejor salir de dudas. Frost y su nave hicieron los preparativos necesarios y pusieron rumbo a Villa Quién, el hogar de los quienes. Unos divertidos seres que viven en casas con formas extrañas, con un gran corazón en el pecho y algunos dedos de más en cada pie.

Cualquiera que haya ido a tan fantástico lugar sabe que hacerlo es siempre un placer, y esta vez no fue diferente. A pesar de que la nieva lo cubría todo, el recibimiento fue tan caluroso como un día de verano. Hubo abrazos, regalos y comida, y para su sorpresa… ¡El Grinch! Estaba allí, junto al resto de sus vecinos y no daba crédito a lo que el perrito le estaba contando.

– ¿Robar la Navidad? ¿Yo? – dijo extrañado – ¡Ya no hago esas cosas! – y aunque sonaba enfadado, lo que realmente estaba era triste por la desconfianza de Frost. Aunque también entendía el motivo, seguramente él mismo también habría sospechado de él mismo de estar en su lugar, es decir, en el lugar de Frost y no en el suyo, en el suyo ya estaba.

– Lo siento, Grinch. Pero si no eres tú… – no supo continuar, realmente había un misterio delante de él y su hociquito se movió como si olisqueara el aire – Algo no me huele bien, y no me refiero a ese asado – señaló hacia un plato humeante con no muy buen aspecto, que bien podría haber estado guardado desde las pasadas fiestas.

Sin poder llegar a una solución, el can y su nave decidieron quedarse durante un par de días con los quienes en su excéntrica ciudad. Quizá así podrían poner sus ideas en orden, y aprovecharían para llamar a Papá Noel y a Navidoso, el troll de la Navidad, igual ellos tendrían alguna pista o puede que algún sospechoso. Ahora mismo, estaban perdidos y toda ayuda era de agradecer, mas no tuvieron suerte y los misterios quedaron igual de inconclusos de lo que ya estaban.

Dejaron atrás Villa Quién, ese extraordinario lugar que existe en una mota de polvo (cuando viajas por el espacio, la escala siempre es relativa), para regresar a las estrellas en busca de unas respuestas que no parecían llegar. ¿Quién estaba robando la Navidad? ¿Porqué hacerlo? ¿Sería un nuevo o un antiguo enemigo? Demasiadas preguntas y muy pocas respuestas, tan pocas que en realidad no había ninguna.

Regresaron a los diferentes planetas, pueblos y ciudades en los que ya habían estado, usaron su mejor tecnología para intentar encontrar alguna pista, se esforzaron todo lo que pudieron y nada, nada aparecía ante ellos. La Navidad estaba a punto de llegar, excepto que no iba a hacerlo. «Por primera vez en miles y miles de años, habrá mundos que no podrán celebrar las fiestas, no se darán regalos y tampoco sentirán la buena voluntad de unos y otros», pensó para sí Frost, perrito de aventuras.

– La buena voluntad… – susurró – … La buena voluntad de unos y otros… – sus palabras sonaron un poco más altas y entonces se dio cuenta. – ¡Pon rumbo al mundo que tengamos más cerca! – Pidió a su nave, y esta sin hacer preguntas así lo hizo. Sabía que cuando el can tenía una idea, era mejor hacerle caso. Además, su hocico se movía como si olisqueara algo, y eso siempre era una buena señal.

Aterrizaron rápidamente en el planeta conocido como Nool X–51, un lugar de color azul que estaba poblado por pequeños seres violetas con una gran afición por los sombreros. Allí fueron recibidos por el presidente de todas las naciones, quién albergaba la esperanza de que hubieran podido encontrar a su ladrón.

Se quitó el gorro que llevaba puesto y preguntó compungido – ¿Han podido encontrar al ladrón? Tengo esa esperanza – ¿Lo veis? Ya os dije que era así, es Navidad y en Navidad hay que decir siempre la verdad (bueno, y el resto del año también).

Frost, perrito de aventuras, ignoró sus palabras y le hizo sus propias preguntas – Sr. Presidente, ¿cómo es aquí cada día? ¿Son amables entre ustedes? ¿Se tratan bien? – Esperaba equivocarse, pero temía conocer la respuesta de antemano.

El mandatario bajó avergonzado la mirada – Pues, en fin, ya sabe, con el jaleo, los trabajos, los coches… Esto… No, en realidad no mucho. – Antes de que terminara de hablar, el intrépido can estaba ya en su nave y esta despegaba hacia los cielos dejando tras de sí una estela de color blanco, que contrastaba con el cielo de color rojo del azulado planeta Nool X–51.

Recorrieron las constelaciones con gran rapidez y saltaron de mundo en mundo para hacer las mismas preguntas, en todos respondieron exactamente lo mismo, y en cada uno de ellos lo justificaban con similares excusas. Lo que Frost se intuía cobró sentido por completo, y para asegurarse de que no era una locura lo dijo en voz alta.

– Nadie les ha robado la Navidad, – hizo una pequeña pausa dramática, así era él – ¡la han perdido!

– ¿Cómo que la han perdido? – Inquirió la nave llena de curiosidad.

El pequeño aventurero se lo explicó lo mejor que pudo, aunque en ocasiones las acciones y sentimientos humanos no eran sencillos de comprender para una máquina. Lo que sucedía es que más allá de los regalos, los adornos y las canciones, la Navidad era un estado mental.

– Es lo que dijo Mary Ellen Chase y también Kris Kringle en De ilusión también se vive: «La Navidad es una actitud», y ellos han olvidado por completo esa parte. Por eso esta se ha ido. – Y sí, dicho en voz alta todo tenía sentido.

– ¡Eso es horrible, Frost! ¿Qué podemos hacer?– Incluso una nave de voz metálica puede sonar preocupada, y este era el caso.

– Nada, no podemos hacer nada, – respondió con tristeza el can – solo ellos pueden lograrlo, tendrán que creer con todo su corazón, tendrán que respetarse y quererse de verdad, tendrán que ver más allá de las luces y dejar que sean sus almas las que iluminen las ciudades… – suspiró – … aunque no sé si querrán hacerlo.

Informaron de su descubrimiento a todos esos mundos en los que el día a día había ganado la batalla, en los que lo cotidiano había eclipsado a lo increíble, lugares en los que la cortesía cada vez era menos frecuente y todos desconfiaban de todos.

– ¿También lo mando a tu casa, a la Tierra? – Preguntó la nave.

– A todos, mándalo a todos. – Respondió con firmeza y determinación.

Se envió la información a cada planeta, pueblo y ciudad, así sus habitantes supieron del descubrimiento y qué debían hacer si querían recuperar la Navidad. Quedaban apenas tres días, pero quizá sería suficiente, solo que era una tarea que se debería mantener durante el resto del año, y cada año que estuviera por llegar, al menos si no querían que volviera a suceder la tragedia.

No todos estuvieron dispuestos a ello, por ejemplo en Dalazar y Darren decidieron que era demasiado esfuerzo y prefirieron dejarlo correr. Pensaron que no importaría, pero las cosas cada vez fueron a peor, las fábricas y máquinas lo ocuparon todo, los sentimientos y los corazones fueron muriendo poco a poco hasta que se hizo imposible vivir esas ciudades y en el resto de lugares del planeta; al menos no sin portar un escudo mecánico que ocultaba por completo el cuerpo, sin poder ver nunca la luz del sol o sentir el viento correr.

Por suerte, en la mayoría de lugares entendieron qué se jugaban y decidieron poner toda la carne en el asador, se implicaron pequeños y mayores por igual, civiles y militares, políticos y ladrones… No quedó nadie sin querer aportar su granito de arena, sin dar abrazos, sin preocuparse por los demás y sin desear lo mejor para los otros.

Así pasaron los días, llegó la Nochebuena y entre risas, nervios y dudas… ¡La Navidad! En infinidad de mundos los cielos se llenaron de luces, las calles de canciones y los ojos de lágrimas. Todos juntos lo habían logrado, habían salvado la Navidad.

Frost, perrito de aventuras, no había tomado parte en ninguna de las celebraciones, tenía la suya propia. Cogió dos tazas de la cocina, las llenó de chocolate caliente y las llevó hasta la sala de control desde la que solía trabajar con su nave. En una de las tazas había un dibujo de Snoopy, un regalo de su amiga Marta, que era una marta, y en la otra ponía «El mejor aventurero del mundo», fue un obsequio de su antiguo rival el ingenioso Doctor Gato.

–Eh, esto ya está. – Dijo sonriendo mientras se sentaba en su sillón de capitán.

Duque extendió un brazo metálico que parecía venir de la nada, cogió una de las dos tazas y la depositó en un compartimento abierto que rápidamente se cerró. – Gracias, Frost. Está muy bueno, aunque quema un poco. – Se quejó.

– ¿Sabes? Eres una nave rara. – Se rió – Feliz Navidad, amigo, feliz Navidad. – Levantó a Snoopy a modo de copa, sopló para enfriar un poco el chocolate y en silencio contempló sonriendo las estrellas.

Los mundos se acercaban y se alejaban, los cometas surcaban la negrura espacial, las supernovas estallaban esparciendo esquirlas de luz a lo largo y ancho del espacio, la música de los planetas lo llenaba todo…

… era la mañana de Navidad.

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