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Disney os ha mentido: La sirenita no era pelirroja y no se llamaba Ariel

Cuando se anunció que Halle Bailey sería la nueva sirenita de Walt Disney en la película de Rob Marshall hubo personas que se quejaron. ¿El motivo? El color de la piel de la joven actriz y es que claro “no es igual que la original”. Hace poco en la celebración de la D23 se estrenó el teaser trailer y ha sucedido de nuevo, otra vez quejas por este mismo tema.

Llevo días viendo y leyendo, hasta me calenté un poco y subí un vídeo a Tik Tok sobre ello y ahora aquí estoy escribiendo. Vamos por partes; lo más importante es que si te molesta que un personaje de ficción (repito: de ficción, es decir, que no es real, no es histórico, no ha existido jamás) sufra cambios de algún tipo, entonces, tengo una muy mala noticia para ti: Walt Disney introduce un gran número de modificaciones en todas las películas que hace basadas en cuentos o relatos preexistentes.

Eso es lo primero y volveré sobre ello más adelante. Lo segundo es que haciendo repaso no se me ocurren muchas obras en las que la raza de una u otra persona sea muy importante para la trama, con excepción de las que hablan de la esclavitud, campos de concentración u otras que por el devenir de los hechos históricos (históricos, que sí sucedieron) sí es relevante, ya sea por narrar un momento de nuestro pasado o por usarlo de ambientación. Pero más allá de eso, es complicado encontrar ejemplos y, con todo, hay que entender que cada película es hija de su tiempo.

Y ese sería el tercer punto importante: todas las obras y todos los creadores son hijos de su tiempo. Un caso que muchas veces salta a la palestra es si Hergé era racista y, por tanto, Tintín también lo es; sí y no, no hay respuesta sencilla. Hergé era una persona de su época y respondía a su educación y experiencias; no podemos juzgar sus cómics en base al día de hoy. El ejercicio de poner distancia es nuestro, él ya no puede dado que falleció hace mucho, y, con todo, sus tebeos siguen hablando de amistad, de compañerismo, de superación y fidelidad.

Pero esto mismo quiere decir que por mucho que Walt Disney se haya lanzado a hacer otro copia y pega de acción real de una película pretérita de dibujos animados, han pasado los años, la que muchos erróneamente consideran el producto original se estrenó en el año 1989 y el que nos ocupa lo hará en 2023. El mundo ha cambiado, el público ha cambio, las historias han cambiado… así que es lógico que también haya modificaciones en lo que es una readaptación.

Personalmente, considero que todos estos proyectos que son solo una copia de la cinta de dibujos no tienen sentido, son un puro producto mercantil sustentados en una nostalgia muy mala y una oportunidad perdida de crear nuevas historias o hacerlas más cercanas a su esencia. Hay excepciones, claro está, como Peter y el dragón o Mulán, que fueron por su propio camino en vez de conformarse con calcar algo que está en la infancia de muchas personas.

Y, claro está, que este es otro problema: la infancia, el recuerdo, la nostalgia y la sensación de pertenencia de algo que, en realidad, no te pertenece. No, no es tu película, no es la de tus hijos, no es tu sirenita, si acaso es la de Walt Disney y con matices, ya que, en realidad, el personaje no se ideó dentro de la compañía. Y no, nadie está destrozando ninguna niñez o ninguna obra, siempre que leo (o peor, oigo, que no escucho) a individuos diciendo esto repaso mentalmente esos años perdidos y no han sufrido ningún cambio retroactivo y cuando cojo el libro de mi estantería sigue exactamente igual que el día anterior. Lo he dicho alguna vez, y lo repito, el problema es que muchos quieren ir de puristas y no llegan.

Lo que sí llega es el momento de aclarar que no tiene sentido pedir fidelidad a una película que ya era infiel a la obra que se supone que adapta, o al menos en la que se inspira. Hay que tener en cuenta que Walt Disney, el hombre y la empresa, se ha servido siempre de las fantasías europea para realizar muchas de sus exitosas películas de dibujos animados, pero en el proceso las ha reformado para adaptarlas al público americano. Esto en muchas ocasiones las ha hecho más dulces, con finales más felices, con personajes que han cambiado de forma de ser o directamente que ni existían. Se puede decir que en más de un caso lo que llegó a las pantallas había perdido por completo su esencia y su espíritu.

¿O acaso alguien recuerda a la Reina Malvada de Blancanieves bailando con dos zapatos forjados en hierro y calentados al fuego como castigo? ¿Y a la de La bella durmiente pidiendo al chef de palacio que cocine a la chica y se la sirva para cenar? Tiro de memoria, así que quizá me confundo, ¿pero Aladino (Aladdín) no era chino y además del genio de la lámpara de aceite tenía otro que salía de un anillo? Mejor no hablamos de los muchos cambios que se hicieron en La reina de las nieves a través de las décadas hasta llegar a Frozen (película que me encanta, todo sea dicho); tantos que en realidad ahora mismo se puede hablar de dos obras totalmente distintas. Por cierto, La reina de las nieves es obra de Hans Christian Andersen, mismo escritor detrás del cuento original de La sirenita.

Este fue publicado por primera vez en 1837, que a su vez bebe de las leyendas y tradiciones sobre sirenas que se remontan centurias en el pasado (se puede citar a la diosa Derceto, de la mitología siria), y rápidamente se convirtió en un clásico universal del que se han hecho diversas adaptaciones. Si bien la de Walt Disney de 1989 es la más famosa y conocida, no es la primera; aquí podemos viajar hasta 1975 y la película La pequeña sirena de Toei Animation, que se basa en el mismo cuento, pero no nos alejemos, ¿de verdad es fiel la cinta de Disney respecto a la historia de Andersen?

No, en muchos aspectos no lo es, algo que como ya he dicho suele ser habitual en las películas de esta compañía. Por citar algunos puntos se puede decir que el nombre de Ariel es una total invención y, si bien se la describe como la más joven y bella de sus hermanas con “la piel clara y delicada como un pétalo de rosa, y los ojos azules como el lago más profundo”, en ningún momento se dice nada de un cabello rojo como las rodófitas. ¿Y un cangrejo parlante y cantador? Lo cierto es que no hace aparición un solo cangrejo en todo el texto.

Es cierto que la pequeña sirena pierde su voz a cambio de tener piernas, o más bien es que el pago que la bruja, que tampoco se llama Úrsula, pide es la lengua de la muchacha. Ah, y cada vez que dé un paso con sus nuevas extremidades sufrirá dolor, en concreto, será como pisar un cuchillo afilado. Nada de esto llega a la dulcificada versión de Walt Disney, que, por mucho que ciertas voces quieran, no es la original y, en realidad, ni siquiera respeta el original.

Puede que algunos piensen que son cambios menores, aunque, personalmente, a mí ya me parecen bastante llamativos, pero es que estos son constantes hasta el mismo final del filme y del cuento. ¿O alguno recuerda que la protagonista muera y se convierta en espuma de mar? Tampoco se dice en ningún momento que no tenga alma o que una vez fallecida y transformada en un espíritu del aire tenga 300 años, que es lo que viven las sirenas en la fantasía de Andersen, para realizar buenas acciones y de esta forma conseguir su alma.

Se puede decir que resulta triste ver a una horda de personas (principalmente) de mediana edad, yo mismo voy camino de los 40, demostrando su poca apertura de mente y de miras al criticar un cambio menor dentro de un producto que ya realizó en su momento modificaciones de envergadura mucho mayor. Es más, la situación empeora al referirnos a una empresa que ha forjado su catálogo de grandes éxitos a través de la transformación de leyendas, cuentos y novelas en algo distinto a lo que eran en un comienzo.

Y la realidad de todo esto es que la sirenita nunca fue pelirroja y tampoco se llamaba Ariel.

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