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Noche de (sin) estrellas

Una historia de Frost,

perrito de aventuras.

Un relato de Doc Pastor.

El espacio.

El espacio, a veces llamado la última frontera.

¿Cómo definir aquello que es indefinible? Solo puedes saber cómo es si has viajado por él, si te has subido en una nave espacial y has surcado su oscuridad, si has volado por entre las estrellas y… Un momento… ¿Dónde están todas las estrellas? ¿Por qué todo está oscuro? ¿Y esos puntos de luz que llenan el negro manto de lo infinito?

¡El espacio se ha quedado sin estrellas!

¿Cómo ha podido pasar? ¿Qué será de nosotros? Sin estrellas no habrá poesía, sin poesía no habrá amor y sin amor nada tiene sentido…

Menos mal que este es un relato de Frost, perrito de aventuras, y siempre terminan bien. Pero no corramos y empecemos por el principio.

El intrépido can ha surcado el espacio después de una de sus hazañas, ha tenido que fabricar dos planetas de plastilina para que los gamusinos y los gazafellos puedan vivir en paz. Dos imperios milenarios que llevaban siglos enfrentados y la solución era bien sencilla debido a lo pequeños que son.

—Me sorprende que nadie lo haya pensado antes —dijo Frost en voz alta preparando un tazón de chocolate caliente en la pequeña cocina de la Duque, la nave inteligente en la que viaja—. Supongo que nadie quiso decirles lo canijos que eran para que no se enfadaran.

—Bueno… —La voz de Duque siempre era pausada y reflexiva, metálica y con un cierto toque irónico— …tú deberías entenderlo mejor que nadie. —Y aunque las naves no tosen se pudo oír de forma clara el equivalente robótico de una.

Frost dio un sorbo a su chocolate, cogió un trozo de bizcocho (Bizcocho del Oso Dichoso, el mejor de la galaxia Merengue), lo mordió y masticó con calma.

—Ajá, y yo debería entenderlo por… —Sabía la respuesta, era bajito incluso para ser un perrito. No solía importarle pero quería hacerle pasar un poco de mal rato a su amigo.

—…Lo que quiero decir es que debido a tu tamaño… —Otra tos— …¡Llegamos a nuestro destino! ¡La casa del doctor Gato! —Se oyó un suspiro metálico de alivio.

Frost lanzó una pequeña carcajada, a su nave le había salvado la campana.

Aterrizaron y las compuertas se abrieron, el intrépido can salió de su navío y se dio cuenta de que había algo extraño. Lo notaba, su naricita se movía de un lado a otro intentando averiguar qué sucedía. Miró a su alrededor y todo parecía normal, lo único que no lo era fue el ver salir corriendo a su amigo felino y su marido desde su casa.

Su cara era de preocupación y cierto terror.

—Gato, ¿qué has hecho ahora? —se dijo a sí mismo Frost sabiendo que su amigo era un genio pero que en ocasiones pecaba de ser un poco científico loco. Sin duda esta era una de esas veces.

Él solo señaló hacia el cielo, a su lado su pareja ponía cara de situación. El perrito aventurero levantó la vista y lo vio.

—No hay estrellas… ¡¿Qué has hecho?! ¡¿Y las estrellas?! —gritó Frost con una mezcla entre enfado y preocupación.

Gato primero no respondió, sabía que esta vez era muy grave. Así que su marido lo hizo por él.

—Estábamos probando un experimento, la idea era lograr el negro absoluto. Una pátina sin reflejos, que absorbiera la luz —dijo.

—La idea es que sea la base para un transportador de materia y personas. —Miró otra vez al suelo, tosió con vergüenza— Claro está que todavía hay que solucionar uno o dos problemas.

Frost miraba a la pareja sin dar crédito a sus palabras. No había estrellas. —¿De dónde sacaste esa idea? —Inquirió el intrépido perrito.

—Esto… De los dibujos animados. Bugs Bunny y el Coyote a veces lo hacen —respondió claramente avergonzado.

De verdad que menos mal que era su amigo o ahora mismo se lo estaría llevando prisionero. ¿A quién se le ocurre semejante experimento? Solo a él, al doctor Gato, todo un científico loco…

—…un científico loco… —musitó en voz baja un par de veces ante la mirada de incomprensión de los felinos.

Durante unos minutos de sus labios no salió nada más, solo esas palabras. Caminó en círculos y se podían oír las ruedecitas de su cabeza funcionando. Gato sabía que no debía interrumpirle, terminaría encontrando una solución.

—¡Lo tengo! —gritó el perrito con ilusión.

—¡Lo tiene! —gritaron ellos también ilusionados— ¿Qué tienes?

—Gato, estoy seguro de que tienes una máquina de clonación en algún sitio, algo extraño y cuántico, ¿verdad? —dijo Frost.

—Ammm, sí, da la casualidad de que la tengo y quieres usarla para… —preguntó intrigado.

Frost toqueteaba su muñequera, estaba enviando un mensaje a Duque.

—En unos minutos te llegará una lista de personas que debes traer de nuevo a la vida, no preguntes, solo hazlo.

—¡Hecho! ¿Qué más necesitas? —preguntó ilusionado, quizá podrían solventar el problema.

—¿Todavía tienes el convertidor pensamateria? —preguntó el aventurero.

—Sí, claro. ¿De dónde te crees que iba a salir la cena? —dijo él, con un asentimiento de su marido. A ninguno de los dos les gustaba cocinar, así que un aparato que transformara lo que quisieran comer en platos reales era algo muy útil.

—De acuerdo, necesito que lo conviertas en pinceles y brochas. —Seguía mandando un mensaje desde su muñequera a Duque.

Sin más preguntas todos se pusieron manos a la obra. Gato tenía mucho trabajo por delante, pero por suerte su marido también tenía conocimientos científicos y pudo ayudarle para ir más deprisa. Frost volvió a su nave, habló con ella del plan y trazaron el rumbo a seguir. Dentro ya empezaban a llegar los avisos y alertas, alcaldesas y príncipes contactaban con él, pedían ayuda… ¡No había estrellas y la gente empezaba a tener miedo!

Los minutos pasaron, las horas llegaron, el pánico empezaba a extenderse.

Y entonces, de pronto, sin que nadie supiera qué pasaba…

…el cielo volvió a llenarse de estrellas.

De cometas, de luces y fuegos artificiales. Había algo diferente, no era igual que antes, era más hermoso, más creativo, casi parecía mágico.

Si desde uno de los planetas alguien con una vista extraordinaria se hubiera fijado quizá habría visto algo increíble en el cielo. Habría visto a la Duque con un montón de gente encima, con pinceles, botes de colores y… sí, estaban pintando el manto negro del cielo.

De sus pinceles renacían las estrellas, la luz y el color llenaban el universo de nuevo. Pero no eran unos cualquieras, gracias a la máquina de clonación del doctor Gato allí estaban Vincent van Gogh, Frida Kahlo, Sandro Botticelli, Artemisia Gentileschi, Rembrandt, Caravaggio… y más, había más. Los más grandes artistas de la historia dejaban volar su imaginación y a través de los increíbles pinceles y brochas científicos del doctor Gato eran capaces de traer de vuelta lo que había desaparecido.

No fue una tarea fácil, ocupó varios días llenar de nuevo la oscuridad de luz pero juntos lograron hacerlo. Algunos decían que extrañaban las viejas estrellas, pero la mayoría reconocía que ahora el espacio era mucho más hermoso y vivo. Casi como un sueño traído a la realidad.

Y esta vez Frost no se marchó como otras veces, aunque no le gustaban los aplausos y tampoco los reconocimientos, solo la aventura. Se quedó en la casa del doctor Gato, a fin de cuentas tenían una cena pendiente y con todos esos artistas allí la compañía era inmejorable. Charlaron, comieron, rieron y brindaron, horas más tarde llegó Navidoso, el troll de la Navidad, pues ya había terminado su reparto. Bueno, no todo, dejó unos pocos regalos para el final, para ellos, para celebrar lo que había pasado.

El intrépido perrito abrió el suyo y dentro encontró dos tazas de chocolate recién hecho, miró a Navidoso, que estaba al otro lado de la sala, y con la cabeza le agradeció el gesto. Salió de allí en silencio sin que nadie se diera cuenta, llegó hasta su nave y entró en ella. Dejó una de las tazas en una pequeña mesita de la que salió un brazo mecánico.

—Gracias, temía que te olvidaras —dijo Duque mientras sostenía la taza y con otro brazo mecánico abría una caja de galletas (siempre había galletas y bollos, Frost era un glotón, y Duque era una nave extraña a la que le gustaban los dulces).

—No, no, nunca me olvidaré de brindar contigo en Navidad, eres mi amigo. Además, este año ya hemos tenido suficientes aventuras nos irá bien descansar un poco. —Dio un sorbo a su chocolate y después se pasó la lengua por el hociquito para limpiarlo.

Cerró los ojos un momento mientras Duque ponía algo de música; por supuesto, era Frank Sinatra cantando Have Yourself a Merry Little Christmas, no había nada mejor para ese momento. Los dos se perdieron en sus pensamientos, en un momento de calidad que se merecían.

El can abrió los ojos y a través de un ventanal contempló el cielo. Sonrió y dijo:

—Está lleno de estrellas. —Volvió a beber de su taza.

—Feliz Navidad, perrito de aventuras —dijo Duque con su voz metálica.

—Feliz Navidad, nave inteligente —respondió Frost.

FIN

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