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Mata a tu novio, de Grant Morrison

La adolescencia es una etapa vital compleja, llena de cambios y de momentos que serán inolvidables. Es esa época en la que se deja atrás la infancia pero todavía no se es del todo adulto, un momento que puede marcar por siempre a la persona que se será el resto de la vida. No en vano se experimenta, se evoluciona, llegan los primeros pasos fuera del ámbito familiar, las primeras noches de fiesta, las amistades recién descubiertas…

Un viaje, no hay otra forma de definirlo. Un viaje con un destino incierto y un camino por el que se tropieza, se aprende y se pone de nuevo un pie delante de otro para seguir adelante. Eso mismo hace también que, queramos o no, seamos volubles en nuestras ideas y decisiones, fácilmente influenciables por alguien más experimentando o sencillamente más osado que los demás. Si es o no una buena persona, una compañía que nos haga crecer o tan solo alguien tóxico es algo que el tiempo descubre.

Mata a tu novio es un ejemplo de un periplo desenfrenado, sin miedo a las consecuencias, y en el que la protagonista se deja lleva por las circunstancias, por alguien con más años y que vive su vida ajeno a todos los demás, sin preocuparse de sus actos y buscando tan solo su supervivencia y, por encima de todo, su placer como si fuera un seguidor de Epicuro de Samos.

Grant Morrison y Philip Bond Disraeli trabajan juntos para crear un relato atractivo y sexy, una historia que no deja un solo momento de respiro y que a pesar del tiempo pasado desde su publicación original, es una lectura totalmente válida. Es cierto que ciertos puntos son muy de su momento, finales de la década de los 90 del pasado siglo, se pueden observar algunos guiños y referencias a producciones de entonces (tanto de cómic como de cine), pero eso tan solo hace más satisfactoria la experiencia de su lectura.

Y si bien sus protagonistas comenten delitos de sangre, roban y atacan, insultan y no son nada de fiar, logran igualmente el cariño del que está al otro lado como otros tantos ladrones y pícaros antes de ellos, desde los legendarios (y reales) Bonny y Clide pasando por Clarence y Alabama de Amor a Quemarropa, o las gloriosas Telma y Louise quienes en realidad solo emprendieron una búsqueda de autodescubrimiento y de liberación.

Al final, lo que queda es una carta de amor por unos años perdidos, varios cadáveres dejados atrás y la elección clara de haber tomado el camino menos transitado.

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