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Champignac: Enigma

Spirou es un personaje que ha gozado siempre de gran popularidad, esto se debe a lo divertido y aventurero de sus historias, además de a la fantasía desbordante que hay en las mismas. Si bien el botones ha cambiado mucho desde sus orígenes, al punto de que la idea que tenemos de este en su versión clásica realmente se aleja de la iniciática.

Sucede, al igual que con toda creación de largo recorrido, que los años pasan y el producto ha de evolucionar para cumplir ese viejo refrán que dice “Cambiar o morir”. De esta forma cada autor que ha pasado por sus páginas ha puesto su granito de arena, más representativo que ninguno sería seguramente Franquin, haciendo crecer su mitología, su mundo y sus secundarios.

Hay que decir que en los últimos tiempos el universo de Spirou goza de muy buena salud, ampliando sus títulos más allá del que sería el canon tradicional para dar espacio a historias que no encajan en el mismo, como la deliciosa cuatrilogía La esperanza pese a todo (con dos volúmenes editados en nuestro país), o propuestas que se adentran en los diversos compañeros de los protagonistas como la estupenda, y muy divertida, saga de Zorglub que sale de la mente y manos de Munuera.

Ahora hay que añadir al Conde de Champignac que encuentra en Champignac: Enigma su momento de gloria, con una historia que nos hace viajar hasta el pasado, hasta la Segunda Guerra Mundial y al cónclave de genios de todo tipo que trabajaron codo con codo para lograr descifrar los complejos mensajes de la máquina Enigma. Un hecho real que cambió el curso de la contienda bélica y un suceso histórico que no se entiende sin la presencia de Alan Turing, auténtico pionero de la informática y por supuesto una presencia de relevancia en el tomo que firman Etien y Beka.

Este volumen se aleja, en mucho, de lo que sería una aventura más tradicional de Spirou. Lo hace por diversos motivos, el primero es que en realidad no puede decirse que sea un producto muy aventurero, el segundo es que el conocido Conde pasa de ser un personaje más bien cómico al genio que todos sabemos que en realidad es (aunque, esto hay que decirlo, sin dejar sus despistes de lado) y otro tanto por situarse en un contexto histórico real, lo mismo que Émile Bravo eligió para La esperanza pese a todo.

La lectura es atractiva y, en ocasiones, adictiva, tomándose su tiempo para desarrollar los acontecimientos y sucesos. Además de explicar de forma simple y sencilla los entresijos de la máquina Enigma y el cómo se logró derrotar a la ingeniosa creación alemana, patentada muchos años antes de empezar la Segunda Guerra Mundial, sin dejar de estar siempre a medio camino entre la realidad y la fantasía por la inclusión del Conde de Champignac, ¿o acaso existió y sí estuvo allí? ¿Quién sabe?

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