Dave McKean, ese genio eterno que no necesita presentación –y, en caso de necesitarla, bastaría hablaros de su trabajo en The Sandman y en prácticamente cualquier cosa que haya escrito Neil Gaiman-.

En esta obra, nominada al premio Eisner 2017 y que forma parte de la sección oficial del festival de Angoulême 2018, McKean se atreve a experimentar remitiéndonos a la vida del pintor surrealista Paul Nash (1889 – 1946), que plasmaba en sus pinturas deforma metafórica los horrores que vivió en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Pero lo más interesante es que, de todos los fragmentos de su vida en los que podría haber enfocado su relato, ha decidido centrarse sobre todo en las pesadillas que le atormentaban y que influían su arte.

Nash utilizaba los sueños y la magia surreal como vía de escape a su angustiosa vida, pero también como metáfora. Una metáfora tanto de los horrores a los que se enfrentaba como de la belleza de las pequeñas cosas, que reivindicaba para intentar mantener la cordura en un mundo que se desmoronaba a su alrededor a pasos agigantados. El perro negro que da título al cómic y que se repite incesantemente en los sueños de Nash simboliza la Gran Guerra, sí, pero también es un signo de lo inevitable, no sólo de la guerra sino del miedo, de la soledad, de la muerte.

McKean nos habla de algunos momentos de la vida de Paul Nash –los malos tratos que sufrió en un colegio privado, la muerte de su madre en una institución mental o el encuentro con su hermano en las trincheras-. Pero se centra sobre todo en el proceso onírico, en la influencia de éste en el arte y en la inevitable deformación de los recuerdos con el paso del tiempo.

El artetransgénero” de Dave McKean es siempre espectacular, tan perturbador como precioso, con esa característica mezcla entre arte pictórico tradicional y collage digital. En esta ocasión, procura imitar relativamente el estilo surrealista del propio Nash, que concuerda a la perfección con su forma de hacer y que, lejos de limitarle a la hora de narrar, potencia más si cabe la épica artística del autor. Es capaz de combinar bonitas escenas bucólicas con otras de horror asfixiante, mientras alterna la acuarela más tradicional con el fotomontaje más rompedor, páginas estilo cartoon con splash pages surrealistas y sobrecogedoras.

Pero, pese al surrealismo que destila, la narrativa no se ve resentida, la historia se puede seguir visualmente sin problema y, aunque los textos son algo recargados, se deja leer sin problema. Las páginas mudas son probablemente las mejores en cuanto a fluidez de la narración.

Si acaso, el único fallo –menor– está en la traducción al castellano, que ha procurado que todo siga rimando después de cambiar el idioma y en ocasiones puede llegar a resultar un tanto forzado, dando que pensar cuánto habrán cambiado los textos originales para conseguir la rima.

Pero este pequeño defecto no molesta a una novela gráfica que, por todo lo demás, es tan brillante como cabía esperar de Dave McKean, el genio del arte de géneros cruzados, el tejedor de sueños pictóricos.

Artículo de Jöse Sénder.

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