Cine,  Crítica

Warcraft: El origen

Warcraft: El origen

por Sergi Páez

Warcraft: El origen (Warcraft, 2016) es otra buena historia mal narrada, un blockbuster de manual que – probablemente – cumpla con sus objetivos en taquilla a cambio de haber transformado un mundo lleno posibilidades en un mar de clichés sin sentido donde dichas posibilidades luchan por salir a flote una y otra vez. Tiene muchas cosas buenas, sí. Pero no compensan.

Con un ritmo desastroso, unos personajes (humanos) aburridos, otros (los orcos) sacrílegamente desaprovechados, y la Marca Hollywood en conceptos y elenco por igual, tenemos ante nosotros (como Jurassic World o Batman v Superman) otra de esas películas que podrían haber sido, querían ser, y no fueron Espectáculo del 7º arte. Warcraft es el hijo de Duncan Jones que podría haber llenado de orgullo, pero se quedó a la mitad.

La historia, que se sitúa años antes a los sucesos de los videojuegos de Blizzard Entertainment (que co-produce el filme), cuenta la historia de la llegada del pueblo orco al mundo de Azeroth, tras haber sido el suyo destruido, y su inevitable guerra con los humanos.

Dos facciones son las relevantes en esta historia: los humanos de la Alianza y los orcos de la Horda. En un embrollo medieval digno del mismo Merlín, el espectador tan sólo es capaz de diferenciar un personaje principal en esta trama, Durotan (Toby Kebbel), un joven jefe orco que se enfrenta a la humana decisión de tomar la decisión correcta para su pueblo, aunque signifique traición.

La introducción a la trama tiene fuerza y es directa, pero pronto aparecen de la misma manera unos personajes con un trasfondo que quizá debería haber sido más sosegado.

Entre los humanos encontramos diferentes personajes, algunos en los cuales se centra la historia, pero ninguno lo suficientemente importantes en la misma o con el mínimo trasfondo como para que nos preocupemos por ellos. Estos serían Travis Fimmel, el guerrero; Dominic Cooper, el rey; y Ben Schnetzer, el mago. Ninguno de estos personajes realmente importa, no por su papel en la trama, sino por su mismo desarrollo – personajes del grosor de un folio que no serán más recordados que por sus dos o tres escenas de acción.

Gamora (Paula Patton), una mestiza humana/orco se convierte en el personaje femenino al que se le impone un papel relevante para, ya sabéis, equilibrar la balanza… Pero es eclipsado por Draka (Anna Galvin), la mujer de Durotan, que sus 10/15 minutos de pantalla se come al resto de actores.

De hecho, el filme tan sólo aguanta la trama (que es consistente, repito, pero mal llevada a cabo) por tres personajes: el mencionado Durotan y su compañero Ogrim (Robert Kazinsky); y Ben Foster, El Guardián. ¡Cómo pueden existir personajes tan completos e interesantes entre tanto… orco! Cada minuto que aparecen en pantalla, hasta el final, es atractivo, es delicioso. Es lo que el resto de la película debería haber sido.

Durotan se ha convertido, personalmente, en un César, Gollum o Smaug. Tan sólo por él y lo que le rodea apruebo el filme, ¡si tan sólo la película se hubiese centrado en él! ¡Qué lástima!

Todos los orcos (Durotan, Ogrim y Draka los que más) son una maravilla para los ojos. ILM ha traido el mundo de Warcraft a la vida, con unos escenarios y personajes bellísimos y creíbles.

Toda la adaptación del mundo es fetén, y muy disfrutable sobre todo para aquellos que hemos jugado los videojuegos (¡ojo a los cameos y referencias!).

Este mundo tiene banda sonora, claro – y Ramin Djawadi adapta la BSO de los videojuegos a la gran pantalla de manera impecable.

En definitiva:

Warcraft: El origen es un blockbuster desperdiciado pero que cumple sus objetivos como ‘cine de palomitas’. El mundo de Warcraft es una maravilla tangible que se puede disfrutar con todos los sentidos, junto a dos o tres personajes que son joyas comparadas con otros que son deleznables. Un puedo y no quiero. Como comentaba, otra buena historia que podría haber sido mejor con

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