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La estación perdida

Una historia de Frost,

perrito de aventuras.

Un relato de Doc Pastor.

Inspirado por los trabajos de Winsor McCay.

Otoño dijo adiós. Los árboles ya habían dejado atrás el verdor de antaño, sus hojas hasta hacía poco pardas cayeron a tierra ejecutando un precioso baile comandado por el viento. Sí, era el momento de despedirse de esa estación que llena el mundo de tonos castaños y rojizos, casi como si de una ensoñación inglesa se tratara.

Ya empezaba a notarse el frío, no tanto como para llevar guantes pero sí lo suficiente para ponerse una buena y confortable bufanda de colores. Poco a poco los días se irían acortando, y en menos de lo que podría pensar uno llegaría de nuevo la Navidad.

Para algunos es una época de reunirse con la familia, otros preferían pasarla solos, algunos se marchaban de viajes, ¿y Frost? ¿Cómo la celebraba el can más intrépido de la galaxia? De la única forma que sabía, viviendo aventuras. Por algo es conocido en todos los planetas como Frost, perrito de aventuras, y es que para él cada día es solo una puerta abierta a lo extraordinario, una hoja en blanco para llenarla de fantasía y magia.

Pero con la marcha de Otoño, la inquietud se había adueñado del castillo del Rey del Tiempo. El Rey del Tiempo gobierna el clima y las estaciones, decide si hace sol o si llueve y se preocupa de que Primavera haga soplar el viento, que la nieve llegue a petición de Invierno, que Otoño haga oscurecerse a las nubes y el calor aparezca cuando es convocado por Verano.

No hay que confundirlo con el Señor del Tiempo, ya que aunque son parientes lejanos no comparten en realidad nada más que parte de su nombre. El Señor del Tiempo es el encargado de vigilar las horas, minutos y segundos, en ocasiones incluso a los primeros. Recorre el mundo dando cuerda a todos los relojes y poniendo en hora los campanarios.

¿Y a qué se debe esa inquietud en el castillo del Rey del Tiempo? Seguro que eso es lo que estáis pensando, no os preocupéis que ahora mismo el Rey del Tiempo os lo dirá.

– No sé dónde está mi amor, mi Invierno, y sin ella… ¡no habrá nieve! – dijo atormentado a sus sirvientes más cercanos.

– ¡No es posible!- respondió uno.

– ¡Será el fin de la Navidad! – contestó otro.

– Quizá, mi señor, en vez de lamentarnos deberíamos pedir ayuda- el chambelán solía mantener siempre la calma en lo que, en general, era el palacio de los locos y los dramáticos.

– ¡Tenéis razón! – gritó el Rey del tiempo lleno de nueva energía- ¡Llamad a mis mejores luchadoras! ¡Que venga a mí la guardia! ¡Movilizad a todos los campesinos y costureras! ¡Su rey los necesita! – se levantó con presteza de su trono, y se tropezó con su propia capa real.

El chambelán suspiró, mientras los otros dos sirvientes corrían para levantar a su señor mientras lloraban como plañideras – O podemos no molestar a nadie y llamar a nuestro amigo Frost, estoy seguro de que él será más que capaz de encontrar a su amor perdido –

– ¡Chambelán! He tenido una gran idea. – dijo el Rey del Tiempo muy satisfecho de sí mismo – Haced llamar a Frost, perrito de aventuras. Él podrá ayudarnos mejor que nadie.

El chambelán puso los ojos en blanco, y suspiró una vez más. – Sí, mi señor, ahora mismo. Mientras tanto… intentad no agobiaros. Quedaos en el trono, ahora haré que os traigan leche y galletas, avisaré a las dulces galandreas para que vengan a cantaros una nana. Descansad, yo me ocupo de todo.

Salió de la sala y corrió presto a llamar al can más intrépido de la galaxia. Este no perdió tiempo, pidió a su nave, la Duque, que le llevara hasta el castillo pero cuando llegó el Rey ya estaba dormido y fue el propio chambelán el que le recibió.

– ¡Hola, Jules! Me alegra de verte, ¿qué ha pasado? ¿Otro drama del Rey? ¿Ha vuelto a quemar su cama? – Frost era siempre bastante dicharachero y poco protocolario, además ya había tenido que ir hasta allí otras veces en el pasado. Sabía bien que el Rey era un buen tipo, pero un poco quejica y torpón, menos mal que estaba allí Jules trabajando de chambelán para arreglar todos los desaguisados y poner un poco de orden en el día a día.

– ¡Frost, amigo mío! Qué alegría – dijo antes de dar al perrito un cálido y sentido abrazo, casi tanto como un rico helado relleno de chocolate fundido.

Le invitó a pasar dentro del castillo, directo a la cocina pues conocía bien al intrépido aventurero y sabía que era un glotón. Hizo que le sirvieran un menú a base de Cacaolat, gofres, un poco de bacon y flan con nata de postre, además se preocupó de que su mejor mecánica repasara a Duque y de que le rellenaran el depósito.

– Verás…- dijo mientras Frost comía a carrillos llenos -… el Rey ha perdido a su amor, a su Invierno, y los minutos juegan en nuestra contra. – señaló un precioso reloj de cuco que había en la estancia – En tan solo cuatro horas empieza la ceremonia en la que el Rey del Tiempo y la Reina del Iniverno bailarán juntos por primera vez. Y sin baile, no habrá cambio de estación, no habrá nieve y no habrá Navidad.

– ¿¡Qué?¡ No, no, nada de eso. – Frost dejó de engullir como un pato – El año pasado logré que mundos que se quedaban sin Navidad la recuperaran, y no fue para que ahora pase esto. –

Se levantó y paseó en silencio por la habitación con aire decidido – Jules, haz que me pongan esos gofres en una cajita para llevar… ¡Empieza el juego! – y sin esperar respuesta por parte de su amigo, se marchó a su nave para informarla de todo y prepararse. En realidad sí esperó un poco, el tiempo necesario para que le preparan para llevar los gofres que quedaban. Y el bacon, claro.

FUOSH!!!!

Fue el sonido que Duque emitió al levantarse del suelo y emprender el vuelo hacia las estrellas.

– ¿Dónde tenemos que ir, Frost? – preguntó a su compañero mientras sus pantallas mostraban datos.

– Vamos a ir a ver a la Emperatriz de la Primavera, creo que la única forma de encontrar al amor del Rey del Tiempo será hablar con todos los que ha tenido.

Ir hasta el mágico lugar que era la Tierra Eterna, es decir, el lugar en el que la Emperatriz de la Primavera gobernaba, era siempre maravilloso. Había flores llenas de vivos colores por todas partes, sus habitantes siempre parecían estar cantando y el aire estaba lleno de un perpetuo perfume maravilloso.

Claro, que en ocasiones también se ponía a llover de pronto o se desataba un fuerte viento y todos debían quedarse en sus casas hasta que mejorase el clima. Aunque esto no parecía molestarles demasiado, se encogían de hombros y decían “Así es la primavera. Con un marzo ventoso, un abril lluvioso, y un mayo florido y hermoso”.

Según Duque aterrizó, Frost fue llevado de inmediato ante la Emperatriz de la Primavera, quien siempre estaba más que dispuesta a ayudar a todo el que se lo pidiera. Su sala del trono era realmente bella, con preciosos brotes por todas partes, pequeños grillos y cigarras tocando para ella, y había que reconocer que aunque era un poco coqueta la Emperatriz de la Primavera sabía dar un buen espectáculo.

Bajó desde el techo, deslizándose suavemente por una liana llena de hermosas hojas, mientras entonaba una canción. Así era ella, al menos cuando estaba de buen humor, ya que cuando se enfadaba no tenía problema en hacer que las avispas te picaran o que un grupo de ardillas te robaran el almuerzo. Es más, era bien conocida la historia de un joven escritor que osó desafiarla y a la que las ardillas le robaron hasta el reloj del bolsillo, incluso la libreta de notas y su bolígrafo. No convenía hacerla enfandar.

– ¡Mi querido, hermoso, fantástico y estupendo Frost! ¡Qué bien que estés aquí! – sus palabras eran como mermelada – ¿A qué debo el honor de esta visita?

– Mi señora,- dijo él con un ademán muy pronunciado y arrodillándose. En realidad no le gustaban los protocolos y nunca los cumplía, pero en este palacio todo era tan exagerado que se lo tomaba como un juego, se divertía con ello. – sé que en el pasado habéis sido un amor del Rey del Tiempo, y ahora ha perdido a su nuevo amor, y si no aparece no habrá nieve y tampoco Navidad. – explicó el pequeño aventurero.

– Pufff, nieve. La nieve no tiene nada de bueno,- la Emperatriz de la Primavera no parecía satisfecha – mis flores se amustian con ellas, las cigarras dejan de cantar y hay que estar encerrado en casa para no tener frío. –

– Es verdad, mi señora, pero también puedes estar con una mantita y un viejo amigo, leer un buen libro y tomar una rica taza de chocolate caliente – dijo él, sabiendo que ella también era una glotona adicta a los dulces.

– Jummm, eso es verdad. Una taza de chocolate caliente, rica, deliciosa y sabrosa. ¡Que me traigan una taza! ¡La más grande que tengamos! – a sus palabras una jovencita salió de la sala del trono para que se cumplieran sus órdenes. – Mi querido Frost, me temo que no puedo ayudarte pero sí decirte que cuando me marché del castillo del Rey del Tiempo al poco llegó el Duque del Verano. Él fue su nuevo amor cuando yo me marché.-

Con esta información Frost, perrito de aventuras, se despidió de la divertida Emperatriz de la Primavera, regresó a su nave y le dijo que pusiera rumbo al Valle del Estío. Allí era donde tenían que ir, aunque no con muchas ganas, pero una misión es una misión y además Jules era su amigo, así que haría todo lo que estuviera en su mano para ayudarle.

A los pocos minutos llegaron a su destino, ya que en realidad todos los Guardianes de las estaciones, así eran conocidos, vivían relativamente cerca. La nave Duque había avisado y allí fueron recibidos con educación por unos secretarios sudorosos, a pesar de ir en bañador, y es que en el Valle del Estío casi siempre hacía mucho calor.

Acompañaron a Frost hasta la playa, allí esperaba el Duque del Verano sentado en una tumbona. Iba vestido de amarillo, en su mano un cuenco lleno de frutas y llevaba gafas de sol. No recibió de buen grado a Frost, nunca se habían llevado bien pero debían mantener las formas, o al menos intentarlo. Así que la reunión fue bastante breve, apenas unos pocos minutos.

El intrépido can le preguntó sobre el Rey del Tiempo y el motivo por el que habían dejado de estar juntos, el Duque del Verano sencillamente movió los hombros – No lo sé, creo que todo tiene su momento de ser, y ese fue el nuestro. Nuestro amor brilló con la intensidad de una llama, como el sol en mi época del año, y después se volvió mustio – a pesar de sus diferencias, Frost supo que era sincero.

En su voz había una tristeza que no podía emularse, sus ojos se humedecieron un instante para al siguiente convertir en vapor unas lágrimas que luchaban por salir. “Al final,” pensó el perrito aventurero “todos somos seres de sentimientos y necesitamos que nos quieran”.

– Otoño – dijo el Duque del Verano con tono apesadumbrado – Vete a hablar con Otoño, él sabrá ayudarte – Sin dejar que Frost respondiera o pudiera dar las gracias, se levantó de su tumbona y se adentró en el mar para refrescarse, pues hasta él mismo podía tener calor en sus propios dominios.

Frost, perrito de aventuras, entró en la Duque. – ¿Dónde tenemos que ir ahora? ¿A ver a Otoño? – preguntó certeramente – Parecemos un par de mensajeros, poca aventura estamos teniendo-

El can se derrumbó sobre el asiento de mandos, era un decir ya que en realidad Duque se mandaba sola, y suspiró de aburrimiento – Ais, se lo prometí a Jules y creo que estamos a punto de llegar al final de este misterio – quedó en silencio por un momento – Pero sí, a la siguiente si no hay un par de persecuciones y algún burricornio, que no cuenten con nosotros –

Al poco estaban llegando ya a La estepa de Veturno, que era como se conocía al domino de Otoño, o Capitán Otoño. ¿Y porqué se llamaba así? Muy sencillo, sirvió en la armada real del Rey del Tiempo durante años. Se retiró con honores y junto con su tripulación, que era muy extensa ya que abarcaba varios barcos, se instaló en un lugar deshabitado y lo llenó de colores pardos, de lluvias y días sombríos pero encantadores.

En ocasiones había niebla, una niebla tan fuerte que apenas podías ver más allá de unos pocos metros. Pero eso mismo creaba el efecto de una ensoñación, como si te adentraras despierto por los reinos de Morfeo. Además las hojas de los árboles perdían poco a poco su color verde y se tornaban marrones, lo que daba lugar a un paisaje realmente bello. Para Frost, perrito de aventuras, este era su lugar favorito de entre todos los que gobernaban los Guardianes de las estaciones.

El Capitán Otoño le recibió en un banco de madera en un parque, llevaba una gabardina ocre y botines, pues era habitual que lloviera y el suelo se llenara de barro.

– Hola, Frost, me alegra verte – dijo con una sonrisa sincera en el rostro.

– ¿Qué tal, Capitán? – le respondió alegremente, pues se llevaban muy bien.

– Capitán retirado, es poco más que un formalismo. – se giró hacia el can según se sentaba a su lado – Sé porqué estás aquí, y me temo que es para nada.

– ¿Cómo? ¿Pero y el amor del Rey del Tiempo? ¡Tengo que encontrarla! – Frost estaba inquieto, sin aventuras que correr solía ponerse un poco nervioso.

– Sí, lo sé, y seguro que el chambelán de su palacio te habrá pedido ayuda, y te habrán dicho que sin ella no hay nieve y tampoco Navidad – estiró las piernas y apoyó la cabeza en el banco – Siempre es igual, todos los años lo mismo.

– No te entiendo, Otoño, ¿todos los años?

El Capitán Otoño sonrió y se le escapó una pequeña carcajada – Ven conmigo, a mi nave, iremos los dos juntos al castillo del Rey del Tiempo y allí lo entenderás todo.

Así lo hizo, pidió a Duque que fuera tras ellos, y en tan solo unos minutos había regresado al palacio en el que todo había empezado. Todas las paredes estaban cubiertas de adornos de todo tipo, flores de primavera, frutas de verano y también hojas de otoño, era realmente precioso y algo pocas veces contemplado por mortales como le hicieron saber a Frost, pero es que este perrito de aventuras era alguien muy especial.

Sentado en el trono estaba el Rey del Tiempo, despierto y radiante, en la sala estaban todos sus súbditos, también había hadas y elfos, varios burricornios y pegasos, un niño soñador llamado Nemo, Papá Noel y María Navidad, además de su viejo amigo Navidoso, el troll de la Navidad. Entre todo ese batiburrillo de personajes fantásticos e imposibles se encontraban también la Emperatriz de la Primavera, el Duque del Verano y ahora el Capitán Otoño quien caminó decidido hasta situarse al lado del Rey del Tiempo. Este le abrazó y le dio un beso lleno de ternura, un beso de agradecimiento y despedida.

– Y ahora, queridos amigos, – dijo el Capitán Otoño- es el momento de que me marche yo. Y cuando Otoño se va, llega Invierno. –

Caminó lentamente, y detrás de él apareció la Reina del Invierno. Su piel era de un blanco precioso, llevaba un vestido casi transparente que parecía hecho de hielo, sonrió a todos los presentes y por encima de todos al Rey del Tiempo.

– Mi señor, estaba ansiosa de que llegara este momento – le dijo y le ofreció su mano para que el baile empezara.

El Rey del Tiempo la cogió con delicadeza y juntos avanzaron hasta el centro de la sala del trono. Sonrieron y empezaron a bailar con movimientos suaves, poco a poco el vestido parecía romperse y descomponerse en mil pedazos, en trozos de nieve que iban llenándolo todo. El blanco empezó a cubrir el reino y todos los planetas, la Navidad tendría su alfombra para llevar alegría, amor y regalos a todos los corazones que poblaban las estrellas.

– ¿Lo ves, Frost? Todo está bien – dijo el Capitán Otoño al volver al lado de su amigo.

– Entonces, ¿ella siempre estuvo ahí? – preguntó extrañado.

– Siempre, siempre lo estuvo. Y cuando ella se vaya, entonces llegará la Emperatriz de la Primavera, y después el Duque del Verano, y otra vez yo. Lo que pasa es el que el Rey del Tiempo siempre ha tenido muy mala memoria, y a veces se le olvidan las cosas.

Entonces se giró y vio que el perrito ya no estaba, lo buscó con los ojos y no pudo encontrarlo. Preguntó a Jules, el chambelán que era amigo de ambos, y le dijo que no sabía dónde estaba, aunque no era del todo cierto.

Era verdad que no lo había visto marcharse, pero conocía muy bien a su antiguo camarada y estaba convencido de que él y Duque ya estarían surcando las estrellas, tras haber pasado por la cocina para llenar una bolsa con comida, chucherías y más de un bollo. Sin duda alguna estarían poniendo rumbo a alguna nueva aventura, quizá tendrían que rescatar a algún príncipe en apuros o salvar a un pegaso que ha perdido sus alas, eso no lo sabía, pero seguro que se lo contaría la próxima vez que se vieran.

Se acercó hasta uno de los camareros que estaban por la sala y cogió de su bandeja una taza de chocolate caliente, que era siempre la bebida principal para el baile del Rey del Tiempo y la Reina del Invierno. El vapor salía desde el interior, como muestra de lo calentito que estaba, se acercó hasta una de las ventanas de palacio, dio un sorbo y sonrió.

– Gracias, Frost, estés dónde estés – se limpió el chocolate de los labios – Y aunque todavía queden unas semanas, Feliz Navidad, perrito de aventuras…

… y felices fiestas a todos.

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