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El ministerio del tiempo, ese viejo amigo

Este fin de semana se me ocurrió ponerme otra vez el primer capítulo de la cuarta temporada de El ministerio del tiempo, un gran regreso que logró el rápido aplauso del público y la crítica. No era para menos, ese episodio no daba un momento de tregua al espectador, el retorno se ha hecho con cuidado y muy buen tino, fijándose en todos los aspectos con gran cariño, con una puesta en escena que solo puede definirse como preciosa y unos personajes que ya son casi parte de la familia.

Todo es igual pero también distinto, algo ha cambiado. Es nuestra serie pero a la vez no lo es. El tiempo, nunca mejor dicho, ha pasado y ha hecho mella en todo lo que se emite a través de la pantalla. Ha cogido algo que ya era familiar y se le han dado unas pinceladas de maquillaje, ahora luce mucho más pero en el fondo sigue siendo (por suerte) lo mismo.

Y esto me hizo pensar un poco en nosotros, en los aficionados a esta serie y los que la seguimos fielmente desde su estreno en 2015. Primero con ciertas dudas debido a titulares sensacionalistas con una malentendida idea de que sería Doctor Who a la española, y después dejando claro que esto era otra cosa, que había calidad, interés, nuevas ideas, personajes atractivos y una gran historia por contar.

Solo hizo falta un episodio, nada más que eso. Entonces, todo explotó. Su fama y popularidad empezaron a crecer, fue la primera producción patria que gozó de un auténtico fandom (según se concibe hoy en día) y cada emisión dejaba con ganas de más. Aunque a pesar de esto, sus temporadas siempre han sido erráticas y el producto de los hermanos Olivares tuvo el problema que todos los profetas tienen en su propia tierra.

Seguí pensando y viajé hasta ese 2015. Tenía un perrito llamado Frost, vivía en otra casa y apenas había publicado más que tres libros. También tuve la suerte de coincidir en varias ocasiones con Javier Olivares, además de conocer a otros seguidores de estos viajeros del tiempo. Ahora estamos en 2020 y todo es distinto, es inevitable. Dejé esa casa, Frost se fue al cielo de los perritos y mi peludo de ahora se llama Dende, he seguido escribiendo y lanzando otros tantos títulos al mercado editorial, Javier Olivares no ha dejado de crear y luchar en ningún momento…

Se ha estrenado la cuarta temporada, con un sabor que es dulce y tiene un toque de añoranza. Por un lado está esa alegría de volver a ver la serie y por el otro una cierta tristeza, que se entremezcla con felicidad, al aparecer en la pantalla todos los nombres que ya conocemos. Han crecido, han cambiado, son los mismos y son otros.

Es, sencillamente, igual que cuando te reencuentras con un viejo amigo al que hace mucho que no ves. Todo es igual, pero ya no lo es. Aunque estáis sentados ante ese café, charlando y riendo, lo mismo que hace años, eso no ha cambiado ya que la amistad puede ser eterna, pero hay algo diferente en todo. Quizá la mejor forma de expresarlo sea con las palabras de Pablo Neruda, que sin duda lo harán mucho mejor que yo: Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Eso ha pasado en El ministerio del tiempo, en la ficción y en la realidad. Un grupo de viejos amigos que vuelven a verse, los personajes entre ellos y también para con los espectadores. Una reunión que quizá sea más fugaz de lo que querríamos, pero igualmente es dulce y estupenda, llenándose cada minuto de recuerdos que nos acompañaran largo tiempo.

Tocará despedirse y decir adiós, pero en el fondo del corazón será tan solo un hasta luego. Y quizá, en algún momento, nuestros caminos vuelvan a juntarse.

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