Bruce Campbell en El ejército de las tinieblas (1992), tercera entrega de Evil Dead. Créditos: Renaissance Pictures / De Laurentiis Entertainment Group
Hay películas de terror que envejecen rápido. Cambian los gustos, cambian los efectos especiales y lo que antes parecía extremo termina viéndose normal años después, ero con Evil Dead pasa algo distinto. Porque incluso hoy sigue teniendo una personalidad propia que muchas sagas modernas no consiguen. Quizá sea por la manera en la que mezcla humor y violencia, quizá por su energía descontrolada o quizá porque siempre ha dado la sensación de que detrás de cada escena había un grupo de personas llevando las cosas demasiado lejos simplemente porque podían hacerlo.
El estreno de Posesión infernal: En llamas (Evil Dead Burn, 2026) vuelve a poner la saga creada por Sam Raimi en el centro de la conversación. La nueva película, dirigida por Sébastien Vaniček, promete ser una de las entregas más violentas e incómodas de toda la franquicia, apostando por un terror mucho más físico y psicológico. Pero más allá de lo que pueda aportar esta nueva entrega, lo realmente interesante es comprobar cómo una saga nacida prácticamente de la nada sigue manteniendo una identidad reconocible más de cuarenta años después; y gran parte de eso tiene que ver con cómo empezó todo.
Evil Dead: una película hecha prácticamente de la nada
Posesión infernal (The Evil Dead, 1981) nació muy lejos de Hollywood. Sam Raimi y Bruce Campbell eran dos amigos de Michigan obsesionados con el cine, los cómics y la comedia física de Los Tres Chiflados, dos chavales que apenas tenían experiencia profesional pero sí una enorme obsesión por rodar películas. Con muy poco dinero y muchísima improvisación terminaron levantando una producción que acabaría convirtiéndose en una de las obras más influyentes del cine de terror moderno.
El rodaje fue durísimo; el equipo pasó frío durante meses, trabajó en condiciones muy malas y llegó incluso a quemar muebles de la propia cabaña para calentarse por las noches. Todo era incómodo, caótico y agotador, pero precisamente esa sensación de improvisación constante acabó formando parte de la personalidad de la película. Posesión infernal transmitía suciedad, locura y una energía muy física porque literalmente había sido creada en medio de ese caos. Quizá precisamente por eso, había algo especial en ella.
Raimi entendió muy pronto algo que casi nadie estaba haciendo en aquella época: el terror podía dar miedo y hacer reír al mismo tiempo, y ambas cosas podían convivir dentro de una misma escena sin romper el tono de la película. No se trataba de hacer una parodia ni una comedia de terror tradicional, sino de utilizar el exceso visual, la violencia y el humor físico para crear una experiencia completamente distinta a lo que el género estaba acostumbrado a ofrecer.
El estilo que hizo diferente a Evil Dead
Todo parecía moverse de manera distinta. La cámara atravesaba el bosque como si fuera una criatura viva, los Deadites se reían de forma grotesca y la violencia era tan exagerada que muchas veces terminaba resultando casi absurda. Hoy estamos acostumbrados a ver películas que mezclan terror y humor, pero a principios de los ochenta aquello resultaba muy extraño, especialmente porque Sam Raimi no utilizaba la comedia para rebajar el miedo, sino para hacerlo todavía más incómodo.
Gran parte de eso venía de su obsesión por la comedia física. Había crecido viendo a Los Tres Chiflados y trasladó esa energía exagerada al cine de terror, convirtiendo los golpes, las caídas y el sufrimiento físico en parte del propio espectáculo. Con el tiempo, muchos acabarían definiendo ese estilo como splatstick, una mezcla entre gore y slapstick donde el horror y el humor funcionan prácticamente al mismo tiempo.
Además, la falta de presupuesto obligó al equipo a buscar soluciones visuales constantemente. Raimi llegó a construir la famosa Sam-O-Cam, un sistema improvisado con tablones de madera y cámaras sujetas manualmente que permitía crear esos movimientos rápidos y agresivos que terminaron convirtiéndose en una de las grandes señas de identidad de la saga. Lo que empezó como una necesidad técnica acabó influyendo en generaciones enteras de cineastas de terror.
Pero para que toda esa locura funcionara hacía falta alguien capaz de aguantarla delante de la cámara. Y ahí entra Bruce Campbell.
Ash Williams, el héroe perfecto para este universo
Ash Williams no funciona como un héroe clásico, y probablemente esa sea una de las razones por las que terminó convirtiéndose en un personaje tan importante dentro del cine de culto. No es especialmente inteligente, no parece preparado para enfrentarse a nada y muchas veces transmite la sensación de estar completamente superado por todo lo que ocurre a su alrededor. Sin embargo, siempre sigue adelante, aunque sea a golpes, gritos y pura desesperación.
En Posesión infernal todavía era un personaje relativamente normal, alguien que simplemente intentaba sobrevivir a una situación imposible, pero en Terroríficamente muertos (Evil Dead II, 1987) la saga entendió realmente qué quería hacer con él. Ash dejó de ser únicamente una víctima para convertirse en una especie de héroe absurdo al que el universo parecía querer destrozar constantemente.
Bruce Campbell fue fundamental para que ese tono funcionara. Su manera de exagerar el dolor físico, los gestos y las reacciones convirtió a Ash en algo completamente distinto a cualquier protagonista habitual del cine de terror. Nadie grita, cae o recibe una paliza como Bruce Campbell, y precisamente por eso escenas como la de la mano poseída siguen funcionando incluso hoy.
En esta secuela todo estaba llevado mucho más lejos. Los muebles se ríen, la cabaña parece viva y la película se mueve constantemente entre el terror, la caricatura y la locura visual. Y aun así, nunca pierde el control del todo, porque Campbell siempre consigue mantener al espectador dentro de ese universo imposible.
Cuando la saga abrazó completamente la locura
Después llegó El ejército de las tinieblas (Army of Darkness, 1992), probablemente la película donde la saga dejó definitivamente atrás el terror clásico para abrazar la aventura fantástica y la comedia más exagerada. Sam Raimi ya tenía más experiencia, más presupuesto y un estilo mucho más refinado visualmente, pero seguía conservando exactamente la misma energía caótica que había convertido a las anteriores películas en obras de culto.
Aquí Ash ya no es simplemente un superviviente. Se convierte directamente en un icono del cine fantástico, un personaje que funciona casi como una mezcla imposible entre héroe medieval, estrella de serie B y personaje de dibujos animados. La motosierra, la escopeta y frases ya míticas como «Hail to the King, baby» («Larga vida al rey, nena») terminaron convirtiéndolo en uno de los personajes más reconocibles del fantástico de los noventa.
Y aunque El ejército de las tinieblas es mucho más aventurera y humorística que las anteriores películas, sigue manteniendo intacta la esencia de la saga: exceso, ritmo frenético y una sensación constante de que cualquier cosa puede pasar en pantalla.
Esto no es todo, la franquicia siguió adelante con nuevas aventuras. Aunque para eso hubo que esperar hasta el 2013 donde la historia resucitó, puede que sin el éxito de antaño pero dejando claro que no había muerto. De esa etapa te hablaremos en la segunda parte de este artículo, donde nos adentraremos en el legado de Sam Raimi, Bruce Campbell y Evil Dead.
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Arquitecto de formación y productor por pasión. Cofundador de las productoras One Vision (antes Vision Fes) y Vespre, es uno de los nombres tras los aclamados cortometrajes «The Stranded» y «Villa Offline», entre otros trabajos. Habitual de eventos y convenciones de Cultura Pop tanto a nivel nacional como internacional. ISNI 0000 0005 2890 990X



