Cine,  Cómic

¡Pituféame de la risa, Asbury!

La aldea escondida de la mano de un señor siempre escondido

Los pitufos: La aldea escondida (o The Lost Village, como reza en su título original) se nos mostrará por fin esta primavera con unos pitufos animados “de verdad” y de la mano de un artista con más experiencia de la que parece, aunque nunca hayáis oído hablar de él. Y es que Kelly Asbury – a quien se le ha encomendado dirigir esta cinta – lleva entre nosotros más de treinta años, aun habiendo dirigido tan sólo cuatro largometrajes.

Tras los… desafortunados filmes The Smurfs (2011, su secuela de 2013), en donde el veterano en llevar animación a la acción real Raja Gosnell no acertó cubriendo a Hank Azaria de complementos del Party Fiesta, parece que por fin se ha llegado a la conclusión a la que llegamos todos los espectadores hace ya tiempo: los dibujos animados, animados deben quedar.

— Oiga — dirá alguno de los lectores, con voz de pito —, pero si los pitufos de Raja Gosnell eran animados.

Cierto, pero diseñados para interaccionar en un mundo real. No pretendían ser “animados”, sino personajes foto-realistas diseñados por ordenador como pueden serlo animales, alienígenas o autobots. Y eso no funciona.

Los dibujitos siendo dibujitos funcionan.

Y creedme, no podrían haber escogido a nadie mejor que Asbury para comprender esto.

No sólo por haber dirigido la infravalorada Spirit: El corcel indomable (2002) de cuando Dreamworks aún trabajaba el 2D y la sorprendentemente creativa Gnomeo y Julieta (2011) donde escribe también guion, o la obra maestra de la comedia que es Shrek 2 (2004) y en mi opinión la mejor de la saga; si no por haber sido el culpable de haber trabajado como story artist en películas como Toy Story (1995), Chicken Run: Evasión en la granja (2000), Kung Fu Panda (2008), ¡Rompe Ralph! (2012) o Frozen: El reino de hielo (2013). Cada una de estas piezas en su currículum (y más que tiene) son joyas de la animación.

— Sí, bueno — dirá otro personaje, o quizá el mismo que antes —, pero aquí está como director el señor este.

Y lo dice porque no comprende lo que significa ser story artist. Verás: mientras que en la producción cinematográfica de acción real el story board se utiliza para trabajar composición técnica y de imagen, el story artist hace un trabajo parecido con la animación. Pero diferente. Más sutil y complicado: cada uno de los personajes tiene una forma de comportarse e interactuar diferentes que diseñan los animadores junto a los directores, pero son los story arists los que componen estas personalidades y detalles que hacen que la animación sea lo que es.

Por ponerte un ejemplo, son quienes deciden cuál es el ritmo perfecto para que al Coyote le caiga un yunque encime y la forma que le ha de quedar para que sea gracioso. Obviamente el director tiene la última palabra, pero será más referencial al tono, tempo compuesto con el resto del trabajo, y detalles que le den su toque a la película.

Grandes referentes como directores y story artists son sin duda Genndy Tartakovsky (Hotel Transilvania, 2012; Samurai Jack, TV 2001-2007) o Tex Avery (The Looney Toons Show).

Sabiendo esto, ¿se es ya consciente de la importancia de un artista de este tipo? ¿Se nota la influencia que puede haber tenido Kelly Asbury en las pelis mencionadas y lo genial que es que le pongan delante de un proyecto como este?

¡Que no nos precipitemos! De todos es sabido que el director no lo es todo, y por muy buenas que sean sus intenciones las productoras son las que trinchan el pavo al final.

De todos modos, con un nombre como este delante del proyecto y el reparto con el que ha podido trabajar, podemos tener esperanzas de que La aldea perdida sea la pitu-película que nos merecemos.

Ah, por cierto — él diseñó la historia de La Bella y la Bestia (1991) de Disney. De nada, Emma Watson.

Artículo de Sergi Páez, fundador de la productora Vision FES.

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