«Game Over» en una pantalla arcade, la mejor forma de celebrar el Día del Videojuego. Créditos: Sigmund / Unsplash
Este sábado, 29 de agosto, es el Día del Videojuego. Una fecha que, según se cuenta, nació en 2008 porque tres revistas españolas de quiosco decidieron que el gaming merecía la suya propia, como si de repente alguien hubiera dicho «esto ya va siendo hora».
Podríamos hacer la lista de siempre: los mejores juegos, los aniversarios redondos, las consolas que marcaron época, pero hay algo que nos apetece más, y es tirar de memoria hacia esos gestos pequeños que hacíamos sin pensar, que nadie nos enseñó y que un día, sin darnos cuenta, dejamos de hacer. Esos son los que de verdad huelen a infancia.
Con el mando en la mano nos salían solas todo tipo de manías, y de eso va este repaso.
Soplar el cartucho
Era el gesto religioso por excelencia. Sacabas el cartucho, le dabas dos soplidos y volvías a intentarlo, convencido de que ese aliento tenía algún poder curativo sobre la pantalla en negro. La ciencia diría después que aquello no arreglaba nada y que, de hecho, podía dañar los contactos con la humedad, pero nadie nos lo dijo a tiempo, y funcionara o no, algo cambiaba después del soplido. A saber cuántas partidas se salvaron gracias a esa fe ciega.
Taparle la pantalla al hermano
En el modo a dos jugadores con pantalla partida, tapar con la mano el lado del otro para que no viera por dónde ibas era casi un deporte propio, con su correspondiente bronca de fondo y su reglamento no escrito que nadie respetaba nunca.
Las rayas de colores de la carga
Meter la cinta de casete, darle al play y esperar mirando esas rayas de colores que subían y bajaban en la pantalla, con el sonido de módem de fondo, sabiendo que si alguien tocaba el volumen de la tele por error había que empezar la carga otra vez desde cero.
El disco que había que darle la vuelta
Con el disquete de 5¼ llegó una novedad: tenía dos caras, y cuando terminabas una parte del juego el propio programa te avisaba de que había que abrir la disquetera, sacar el disco, girarlo y meterlo por el otro lado. Prince of Persia (1989) o El secreto de Monkey Island (1990) son de los que mejor recuerdan ese ritual, con ese disco fino que se doblaba si lo apoyabas mal y esa funda de papel de la que nunca sabías si sacarlo bien.
La torre de disquetes que nunca llegaba entera
Con la llegada de los 3½ de 1,44, los juegos grandes venían troceados en decenas de volúmenes, cada uno numerado a rotulador sobre la etiqueta. Carmageddon (1997) o Quake (1996) son de los que mejor representan esa escena: una torre de plástico llena de disquetes y la instalación avanzando volumen a volumen, hasta que uno de ellos, normalmente hacia el final, daba un error de lectura y te obligaba a empezar de cero.
La memory card con los bloques contados
Antes de guardar tocaba mirar cuántos bloques libres quedaban, y si no llegaban, había que decidir qué partida sacrificar para hacer sitio a la nueva. Y si encima ibas a casa de un amigo, la memory card se metía en el bolsillo como quien lleva un pasaporte, porque el progreso no vivía en ninguna nube: vivía en ese cuadradito de plástico que podías perder, prestar o dejarte olvidado en la otra consola.
La revista del quiosco con los trucos
Antes de internet, la única forma fiable de conocer un truco, un código o un final secreto era la revista especializada del mes, y esperar a que llegara al quiosco tenía su propia emoción, muy distinta a la de teclear una búsqueda y tenerlo todo en tres segundos.
Una partida más y lo dejo
La frase se decía en el marco de la puerta, mirando de reojo hacia el pasillo, y era mentira casi siempre, porque esa partida más se convertía en otra, y en otra, hasta que alguien apagaba la luz del salón por ti.
Los gestos que estamos inventando para el próximo Día del Videojuego
Dentro de veinte años, alguien escribirá un artículo parecido a este sobre nosotros: sobre comprar un pase de batalla que caduca en dos meses, sobre gritar «GG» en el chat después de perder, sobre plantarnos delante de una pantalla a ver una final de eSports como quien ve una final de fútbol. Nos hará la misma gracia que nos hace hoy recordar un cartucho con el eterno debate entre lo físico y lo digital que seguimos arrastrando.
El verdadero regalo del 29 de agosto no está en la lista de mejores juegos ni en el aniversario de turno. Está en darnos cuenta de que, aunque cambien las máquinas, seguimos jugando con las mismas manías de siempre.
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Arquitecto de formación y productor por pasión. Cofundador de las productoras One Vision (antes Vision Fes) y Vespre, es uno de los nombres tras los aclamados cortometrajes «The Stranded» y «Villa Offline», entre otros trabajos. Habitual de eventos y convenciones de Cultura Pop tanto a nivel nacional como internacional. ISNI 0000 0005 2890 990X



