El Doctor Muerte en el avance de Vengadores: Doomsday. Créditos: Marvel Studios
Cuando se lanzó el tráiler de Vengadores: Doomsday lo vi, y antes de seguir quiero dejar una cosa claro: me encanta el cine. Es una de mis pasiones, me dejo llevar, me lo creo, me transporto. Me importan un rábano el tenis, la Fórmula 1 y el fútbol. No he visto el Mundial, ni la final ni sé el nombre de ningún jugador. La ópera, el teatro y los musicales me gustan lo justo, pero adoro el cine. Desde siempre. Porque el cine es la vida, o aún mejor, el cine es lo que la vida debería ser.
Y conste que no soy un hater, no odio a nadie, quiero a todo el mundo (mentira) y siempre que voy a una sala estoy suplicando que la peli me guste, estoy deseando ponerme frente a la pantalla y olvidarme de todo, de mis miserias y mis glorias. Para eso pago la entrada: para no acordarme de la existencia durante dos horas. Si la película sobrepasa esa duración, seguramente me acordaré. O, mejor dicho, mi espalda se encargará de recordármelo, va por ti, Nolan.
Quiero emocionarme y sorprenderme. Quiero reír, llorar y que se me ponga la piel de gallina. Porque una sala de cine es una catedral en la que contemplar milagros y maravillas.
El tráiler de Vengadores: Doomsday
¿Y todo este rollo a cuento de qué? A cuento del tráiler. Del tráiler. Del dichoso tráiler de Vengadores: Doomsday.
Quería que me gustase, de verdad, lo anhelaba con toda mi alma, estaba deseando sentir lo mismo que hace ocho años con Vengadores: Infinity War y Vengadores: Endgame. Porque adoro esas pelis, porque son magníficas, porque las vi con alguien especial que ya no está, porque todos quisiéramos tener una máquina del tiempo para volver al pasado y arreglar las cosas y salvarnos a nosotros mismos, porque esas películas son de una época en la que éramos felices y no lo sabíamos, de un tiempo en el que aún no nos habían encerrado, mentido y utilizado. Antes de que todo se convirtiera en esa distopía extraña en la que estamos viviendo desde entonces.
Cuando aún teníamos esperanza. Porque aquellas pelis funcionan como un reloj de cuarzo, y son redondas y perfectas y apabullantes y más grandes que la vida misma. Y porque ese día salí del cine con el sol girando tras mis costillas.
Y sigo sin odiar a nadie. No estoy esperando agazapado para saltarle al cuello a ningún director y apilar leña alrededor de una estaca para montar una hoguera en redes sociales antes de que la película se estrene. No disfruto rompiendo cosas. Al contrario: disfruto enamorándome de ellas.
Esto no pinta bien
Pero tengo que decirlo: esto no pinta bien. (Y quitando la escena del capi recibiendo el martillo, esto tiene pinta de ser otro rollo. Uno más. A lo Star Wars: The Mandalorian and Grogu o Los 4 Fantásticos: Primeros pasos, o algo por el estilo). Y estoy harto de rollos. Estoy hasta las narices.
También lo estoy de la inflación y de Ucrania y de Gaza y de Irán y de los okupas y de la Dana y de los accidentes de tren y de la corrupción y de su abuela, pero sobre todo de las pelis sin alma. Quiero que todo vuelva a ser como antes. Quiero volver a ser feliz. Quiero que el Capitán América sea rubio y el Halcón negro y que Hulk sea verde y estúpido.
Quiero enamorarme. De la peli y de los personajes y de los hermanos Russo. Quiero sentir pasión por la banda sonora y por los diálogos y hasta por la señora que cose las capas. Quiero salir del cine dando botes, como si tuviera siete años y mi madre me llevase a ver La guerra de las galaxias por primera vez.
Quiero el lote completo. Lo quiero todo. Por eso me ha dolido que este tráiler no me haya provocado nada. Ni emoción ni vértigo. Ni esa sensación de estar ante un acontecimiento. Ni ese cosquilleo de pensar: «Hala, lo que se viene».
Lo he visto y, en lugar de sentir que Marvel estaba abriendo una puerta hacia algo enorme, he pensado que estaban rebuscando en el cajón de las fotografías sepia para enseñarme algo que ya conozco. Frases grandilocuentes, rostros conocidos y música solemne. Algo para que el público reconozca, aplauda y compre la entrada.
La nostalgia, por sí sola, no es una aventura
Pero reconocer algo no es lo mismo que emocionarse, y la nostalgia, por sí sola, no es una aventura. No basta con recuperar personajes queridos, rescatar iconos del pasado o insinuar reencuentros imposibles. Si detrás de todo eso no hay una historia con alma, el resultado puede acabar pareciendo un escaparate muy caro lleno de viejos recuerdos.
El problema no es que el tráiler enseñe poco (a veces enseñar poco es lo mejor que puede hacer un tráiler). El problema es que lo poco que enseña no me despierta curiosidad, sino sospecha. La sospecha de que todo esto está construido para que recordemos lo que Marvel fue, en vez de ilusionarnos por lo que Marvel podría volver a ser.
Aquí, de momento, solo veo la promesa de un gran evento, y un gran evento no es necesariamente una gran peli.
Ojalá me trague mis palabras. Lo digo de verdad. Ojalá dentro de unos meses esté sentado en el cine con el corazón acelerado, riéndome, llorando y agarrándome al reposabrazos. Ojalá Vengadores: Doomsday me cierre la boca y me recuerde por qué llegué a querer tanto este universo. Seré el primero en celebrarlo.
Porque no quiero que la película fracase. No quiero tener razón. No quiero que esto sea Supergirl ni He-Man y los Masters del Universo. No quiero escribir que se veía venir.
Quiero volver a creer. Quiero que me devuelvan la esperanza. Lo quiero todo.
Artículo de Oscar Lombana, autor de la trilogía Papel y plástico.
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