Hay personajes que nacen para ser inmortales. Esto es debido por un lado al buen hacer de sus creadores, al carisma de tal héroe (o villano), y otro tanto a una capacidad de conexión con el público que no siempre es fácil de conseguir.

Uno de estos nombres sería el de Lucky Luke, que apareció por primera vez en 1946 de la mano de Morris y que poco a poco fue creciendo en popularidad, hasta llegar a ser reconocido de forma internacional. Así con el paso del tiempo llegaría su propia versión en dibujos animados, varias de acción real (incluyendo la inolvidable de Terence Hill), muñecos, camisetas y merchandising bastante variado.

Sus títulos se cuentan por decenas, y a pesar del fallecimiento de su autor, en 2001, el vaquero siguió en activo gracias al talento de Achdé que sirve como más que digno heredero de su predecesor. Su labor artística es casi indistinguible de la de Morris, habiendo sabido hacer suyos sus trazos aunque en ocasiones dejándose llevar ligeramente para escapar de ellos.

Es este ilustrador quien da vida a Lucky Luke en su última aventura, Un cowboy en París, contando con el guión firmado por Jul, al igual que ya sucedía en el álbum anterior titulado La tierra prometida. La mezcla de ambos es perfecta, han nacido para trabajar juntos y dar nuevas aventuras a este veterano vaquero.

En esta ocasión el protagonista se cruzará en el camino del escultor Frédéric Auguste Bartholdi, padre de la Estatua de la Libertad, junto al ingeniero Alexandre Gustave Eiffel (sí, también artífice de la torre que lleva su nombre). Un encuentro que entronca con la vertiente más clásica de Lucky Luke, puesto que es bastante habitual que en sus andanzas termine frente a frente de grandes nombres de la historia como Calamity Jane, el juez Roy Bean, o Sarah Bernhardt (en mi historia favorita) y otros tantos personajes históricos (si queréis saber más de este tema, os recomiendo el libro Les personnages de Lucky Luke et la véritable histoire de la conquête de l´Ouest).

Así, sin pretenderlo, una vez más su vida se complicará al tener que guardar las espaldas del artista en su periplo por el continente americano… ¡Y más allá! Por primera vez en su más de medio siglo de vida, el vaquero tendrá que viajar fuera de sus fronteras para llegar hasta Francia, que si bien es muy distinta del lejano Oeste también tendrá su ración de canallas y villanos.

Es precisamente esta parte la que da nombre y sentido a todo el álbum, si bien en realidad solo ocupa el tercio último no es por esto menos disfrutable o sabe a poco, ya que sus autores saben sacar buen partido a estas páginas y se reservan (como debe ser) lo mejor para el final. La oposición del vaquero con la preciosa ciudad es sencillamente estupenda, más todavía por las bromas sobre su origen y procedencia en un divertido juego de metalenguaje para disfrute de los lectores.

Un cowboy en parís es Lucky Luke en estado puro. No se puede decir otra cosa.

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