En 2002, Sam Mendes llevó a la gran pantalla Camino a la Perdición, con Tom Hanks y Paul Newman, llamando la atención sobre la novela gráfica original de Max Allan Collins y garantizándole un gran éxito, como suele suceder cuando un cómic es adaptado de forma exitosa al cine.

En aquella ocasión se nos narraba la vida del mafioso Michael O’Sullivan y, en esta tercera y –suponemos– última entrega de la saga familiar, se nos relata la de su nieto, Michael Satariano Jr. Nuestro protagonista consigue ser liberado de un campo de prisioneros en Laos y volver a Estados Unidos, después de haber sido dado por muerto por su familia durante años. Pero al volver se encuentra con que es el último superviviente de su linaje familiar –o eso le dicen– y que tiene que acogerse al programa de protección de testigos. Para que le dejen llevar una vida tranquila, antes tendrá que hacer unos cuantos encargos para el gobierno americano. Y sí, por encargos nos referimos, obviamente, a asesinatos a sueldo, atando cabos sueltos de operaciones encubiertas de la CIA aliada con la mafia, para acabar con cualquiera que pueda dar fe de dicha alianza apócrifa.

Esta nueva entrega está ambientada entre finales de la década de los 60 y mediados de la de los 70. Como sucediera con sus antecesoras, lo importante no es tanto la historia principal en sí –que es bastante sencillita, por no decir manida-, sino cómo Collins aprovecha para hablarnos del trasfondo histórico y sociopolítico de la época.

Vemos así, entre otros temas, el impacto que tuvo la guerra de Vietnam en la población civil; los últimos estertores del sistema de la mafia clásica de los años 40 y su obligada modernización encarándose más hacia el ámbito de los productores de Hollywood –y, la verdad, no podrían haber elegido mejor momento para hablarnos de la putrefacción y la vida turbia de algunos productores, con todo lo que se está descubriendo últimamente-; el shock que supuso el asesinato del presidente Kennedy y de su hermano; o la extrema corrupción del gobierno de los Estados Unidos.

El apartado gráfico corre a cargo de Terry Beattyquién mejor para ilustrar un cómic de gángsters que alguien que se apellida como Dick Tracy-, que realiza un trabajo extraño y llamativo, en un punto difuso a medio camino entre el lápiz y la tinta, que puede chocar al principio, pero que facilita la lectura rápida del cómic.

Lo mejor de Regreso a Perdición es que, pese a ser una secuela, está enfocada como una historia independiente y se puede leer sin necesidad de conocer las entregas anteriores, que al fin y al cabo ya se resumen rápidamente en apenas un par de viñetas con todo lo que necesitamos saber para poder disfrutar de esta historia sin perdernos. Es la historia de un personaje nuevo, con unos antecedentes nuevos, con nuevos objetivos y nuevos obstáculos, no una mera continuación de algo que hubiera quedado sin cerrar.

Artículo de Jöse Sénder.

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