Ilustración de Nacho Fernández.

Empecé a leer tebeos en la época que Bruguera se puso a publicar todo lo de Pitufos en su colección de álbumes Olé! salieron muchos de golpe entre fin de los 70 y la primera mirad de los 80. Años más tarde sabría que se habían pulido de tirón toda la producción de Peyo desde los 50 hasta los 70, que salían a álbum al año más o menos. Así que la sobredosis de Pitufos me enganchó de manera manifiesta cuando ya estaba flipándolo con los primeros Superlópez y otros muchos cómics de las revistas Mortadelo y Zipi y Zape. A finales de los 70 además llegaron las canciones del padre Abraham con los Pitufos en español y la película para cine de La Flauta de los Pitufos, que me encantó y me enganché también a los álbumes de Johan y Pirluit. (es irónico que la colección de la que surgieron los enanitos azules acabara siendo publicada aquí dentro de la serie Pitufos de Bruguera) En esa época aún no había llegado la serie animada para TV de Hannah-Barbera, y fue ya en la segunda mitad de los 80, cuando el fenómeno televisivo los convirtió en algo absolutamente mainstream, cuando yo empecé a perder algo de interés en ellos, en parte por saturación, y en parte porque seguía descubriendo nuevos tebeos. (empecé con algunas colecciones de Marvel y estaba muy flipado con el Supergupo de Jan)

Y fue en esa segunda mitad de los 80, en plena pitufexplotation, que aparte de los pitufetes en la tele, hasta en las autonómicas (yo me los llegué a ver en Euskera y aún resuenan en mi cabeza nombres como Potxokiak y Potxoki Aita XDD) las dos cadenas nacionales que había entonces se llenaron de series con y un rollo parecido, basadas en poblados de pequeñas criaturas graciosas y entrañables.

De todas aquellas, destacaría sin duda a los Snorkels, una creación de otro artista belga, Nic Broca, que había trabajado en algunos álbumes de Spirou (como supe mucho después) que tuvo su respectiva serie animada. Y potencial para competir con los pitufos no les faltaba. Eran personajillos diminutos, esta vez acuáticos, con un tubo de respiración en lo alto de sus cabezas (de ahí el nombre) con el acostumbrado pueblecito adorable en el fondo del mar y su amplia gama de personajes con montones de arquetipos. Estos pequeñajos que nunca supe si considerar pescado o marisco habían tenido su primer contacto con los seres humanos a raíz del naufragio de un barco pirata, y a partir de ahí, por lo visto, empezaron a copiar aspectos de nuestra cultura. Aquí, al menos había por igual chicos y chicas, no como los pitufos con la pitufita, que ni existía una y se la tuvo hacer Gargamel XD, no, aquí teníamos una sociedad aparentemente más coherente, variada y compleja, más convencional también, con su alcalde, su jefe de policía, su científico , su escuela, su cafetería a lo años 50, y demás clichés que pudieran gustar al público, sobre todo de la serie de TV. Aquí desde luego gustó bastante, y me despertó el gusanillo por crear mi propia raza de seres pequeñitos con su propia ciudad en miniatura, que las maquetas me encantan, y me pasé la infancia construyéndome toda clase de edificaciones con el TENTE o criaturas con plastilina .

Otra serie de TV de esos años, en una línea parecida, fue Los Diminutos (The Littles), una serie que aprovechó la fiebre por los mini-héroes y que también gustó mucho por aquí, sobre todo esa intro con la pegadiza canción de “Los Diminuutoooos... nadie sabe dónde estáaan” XD. El dibujo se veía más estilizado y los personajes eran una raza de duendecillos con orejas puntiagudas, dientarros de ratón y una cola como de jerbo, que vivían en las casas de la gente, valiéndose de toda esa clase de objetos que se van extraviando, para construir sus enseres, casas y hasta su tecnología. Desde el principio se hacían amigos de un chaval, de la casa donde vivían ocultos, que se convertía en su confidente y protector, y en la mejor tradición de las series de la época era rubio de ojos azules y espíritu de boy scout. Seguramente sus libros de cabecera eran la Biblia y el manual de los Jóvenes Castores. Por lo visto estaban basados en una serie de novelas infantiles que explotaba el concepto de que todas esas cosas que vamos perdiendo por casa en el día a día, realmente se las llevan los Diminutos. Tan Buenavista como los dos anteriores, además tenían sus lecciones de civismo tras cada episodio, al estilo de los mensajes que aparecían en otras series de la época como G.I. Joe o C.O.P.S. ya sabes “sé bueno con tus hermanos, no mientas a tus padres, no hables con perroflautas, acabate la coliflor y cosas así”.

Y una que en aquellos años hizo también que me petase la cabeza fueron los Astrosniks. La cosa fue que de repente, en los escaparates de las jugueterías y tiendas de chuches, al lado de los pitufos de PVC de toda la vida y otros muñecos de goma de entonces, de la mítica Comics Spain, aparecieron unos seres parecidos, pero verdes y con antenas. Tenían toda la pinta de ser una especie de primos marcianos de los pitufos, y en efecto, al poco llegaron los tebeos, también editados por Bruguera, con la historia de estos pequeños invasores verdes. Ahí se explicaba que vivían en un pequeño asteroide, oculto tras la luna, y sus aventuras eran muy del estilo de las de Peyo. Su pequeña ciudad futurista y sus ingenios espaciales me tenían loquísimo. Por lo visto aquí se dio el camino inverso a los pitufos y resultó que fue la casa que fabricó los muñecos, Bully Figuren (actual Bullyland) la que decidió crear su propio producto para competir con los otros. De hecho, esta marca alemana llevaba años produciendo algunos muñecos y accesorios para la gama de los pitufos y tenía la suficiente practica para atreverse con la aventura. La gama inicial de figuras saló en los 70 en Alemania, pero tardaron unos cuantos años en llegar a nosotros.

Fue cuando se emprendió la campaña del juguete en otros países europeos, que se lanzaron a producir también un cómic, en una de esas últimas operaciones comerciales que se permitió la Brugera de su etapa final. El equipo artístico fue todo patrio: los Hermanos Fresno´s a los lápices, y el guión de Jaume Ribera. La verdad es que les quedó un tebeo bastante bonito, y también bastante en la línea de los pitufos, incluso demasiado, ya que tiraban de muchos clichés de aquella, y hasta se volvía a dar la absurda situación de que solo hubiera una chica en todo el planeta. Por otra parte, tenían algunas ocurrencias bastante cachondas, como un ejercito de robots enemigos a pilas, y ciertos toques de humor Bruguera. Los Fresno´s ya tenían callo dibujando con un toque franco belga en Benito Boniato y Ornelo, y aquí se dieron el gustazo de dibujar sus propios Pitufos, llegando a expandir bastante el universo de la gama inicial de figuras, bastante limitada en comparación con aquellos. Aparte de los protagonistas, con el habitual abanico de arquetipos y clichés, resueltos con mas o menos gracia, teníamos a un molón comandante, a unos villanos, también enanos verdes como ellos, y una curiosa fauna alienígena en miniatura con bastante potencial.

Como ya digo, con los Astrosniks y otros tebeos de temática espacial y mucha coña publicados entonces por Bruguera, como Atasco Star o Antares-10, se me acabó de despertar la fiebre por hacer historias del espacio. Otras series que explotaban por entonces el formato de poblado de animalillos o criaturas fantásticas, salvando un poco las distancias, fueron aquella que hicieron de los Ewoks, los Osos Gummy, David el Gnomo y La Llamada de los Gnomos, que recogían las tradiciones nórdicas sobre gnomos reflejadas en aquel maravilloso Gran Libro de los Gnomos, de Will Hyugen, las aportaciones en manganime Belfy y Lilibit o la entrañable Aldea del Arce. Sin duda a nuestra generación la marcaron muchísimo. A mí me quedó un cariño enorme por las criaturas pequeñas con sus complejos mundos en miniatura y sus aventuras. Una de las espinitas que me queda por sacarme un día es precisamente hacer un cómic con esa temática. Y no deja de tener su gracia el esfuerzo que se hizo en su momento por repetir la exitosa fórmula de los Pitufos, fórmula que en esencia nunca existió, ya que su éxito tomo por sorpresa al propio Peyo, que los creó a partir de un juego de palabras y los metió en un álbum de sus creaciones favoritas Johan y Pirluit, colección que se acabaron comiendo con patatas. Hoy día no se ven personajes parecidos, pero si volvieran los Sniks o los Snorkels, yo iba a ser de los primeros en seguir el fenómeno en primera fila.

Artículo de Nacho Fernández, creador de Los mundos de Valken y Dragon Fall.

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