Francisco Ortega al guión y Gonzalo Martínez al dibujo nos traen esta nueva revisión de la leyenda real que inspiró el clásico atemporal de la literatura de Herman Melville, Moby Dick.

El viejo pastor Caleb Hienam rememora su juventud, en la que se enfrentó a la terrible ballena gigante conocida como Mocha Dick. En el siglo XIX, el joven Caleb se embarca en un barco pesquero con la misión de capturar a la temible bestia legendaria y allí traba amistad con un indígena llamado Leftraru, junto al que conocerá la amistad, los peligros de la naturaleza y las tragedias de la humanidad.

La historia tiene un estilo narrativo muy propio del romanticismono, no me refiero al “romanticismo” en plan Crepúsculo, sino al movimiento artístico decimonónico-, centrada en la idea de la pequeñez del ser humano frente a lo inconmensurable de las fuerzas de la naturaleza.

Se echa de menos tener a unos personajes algo más trabajados con los que puedas llegar a encariñarte, puesto que la obra está al servicio de la trama de la pesca de la ballena y se pasa muy por encima de los personajes y sus conflictos vitales. Pese a ello, el nativo Leftraru es un personaje interesante y da cierto juego, aunque podría dar mucho más.

El dibujo resulta un tanto amateur, pero es claro, conciso y sirve perfectamente a la historia que está narrando, sin dificultar su comprensión en ningún momento. La edición, a cargo de Planeta, es impecable y su portada es preciosa.

Mocha Dick es un cómic recomendable sobre todo para amantes de la historia, ya que hace hincapié en los indios Mapuche, su interesante historia, cultura y costumbres. Probablemente no sea una obra para todos los públicos, puesto que es difícil que atraiga a un lector que no sea un fanático de la temática –la pesca de ballenas– o de las curiosidades histórico-culturales.

Pero sin duda, si eres un fanático de Moby Dick, de las historias de pesca y de los rudos lobos de mar enfrentados al horror de la naturaleza salvaje que les supera con creces, es probable que devores esta novela gráfica al grito de AAARRRR, MARINEROS.

Artículo de Jöse Sénder.

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