Nunca he sentido especial atracción por las carreras de coches. Tampoco por ningún otro tipo, ya sea con motos, bicicletas o con las piernas. Me parece admirable esa gente capaz de hacer tales acciones, y en ocasiones casi proezas, pero más allá de un simple respeto nunca me han interesado.

Ni siquiera de pequeño a pesar de que tuve algunos coches de juguete, casi todos heredados de un primo mayor. Recuerdo con especial cariño uno al que le salían alas, otro que cambiaba de color al pasar por agua caliente y un tercero al que le dabas la vuelta para que se convirtiera en otro. Pero más allá de eso… A mí lo que me gustaban (y me gustan) son las figuras de acción, algo que no sorprenderá a los lectores del libro De Spider-Man a G.I. Joe: la acción hecha figura.

El motivo de esta introducción es muy sencillo, James Mangold ha logrado que una película centrada totalmente en el mundo de las carreras de coches me tuviera aplastado en la butaca. Durante algo más de dos horas he reído cuando reían los protagonistas, me he alegrado cuando ellos se alegraban y he estado en tensión por saber cómo terminaría la carrera que da título al filme.

El trabajo de este director es de sobra conocido ya sea por la muy aplaudida Logan, por lograr dar vida al gran Johnny Cash en En la cuerda floja, o mostrarnos un conmovedor viaje en el tiempo con la preciosa Kate & Leopold. Uno de los alicientes que tenía el filme era él y no defrauda, consiguiendo crear un producto que engancha con unas fantásticas escenas de carreras, y un guión atractivo que bebe de la historia real pero que no duda en llevarla por su camino cuando es necesario.

Lo firman a seis manos los hermanos Jez y John-Henry Butterworth y Jason Keller, tres nombres que seguro son familiares al espectador por su carrera previa. Los dos primeros por su colaboración en I Feel Good: La historia de James Brown o Al filo del mañana, y el tercero por Blancanieves (Mirror, mirror) o El soldado de Dios. Los tres juntos crean una historia que entretiene y engancha, basándose en los hechos reales que le dieron forma y logrando un retrato bastante fiel de sus protagonistas (con el evidente filtro de Hollywood).

Este apartado va encabezado por Christian Bale como el legendario Ken Miles y Matt Damon como el no menos mítico Carroll Shelby, un buen dúo protagonista que no defrauda a nadie con unas estupendas actuaciones. Su química es real desde la primera escena, transmitiendo una amistad palpable y real como deberían tener dos viejos amigos. Ellos son el gran arrastre que tendrá este filme fuera de América, y sin duda lograrán llevar a la sala a más de uno.

El reparto de secundarios es igual de elogiable con nombres como Jon Bernthal, Josh Lucas, Caitriona Balfe o Tracy Letts quien interpreta a uno de los personajes más importantes de la producción, Henry Ford II. Nieto del Henry Ford original, hijo de Edsel Ford, es la fuerza motriz detrás de toda la trama y en ocasiones también el dragón a derrotar, un papel nada sencillo que requería sin duda a un veterano capaz de llevarlo a cabo.

Pero si bien esta película tiene varios puntos que elogiar, es igual de cierto que peca (como es costumbre del cine desde hace años) de una duración excesiva. Más no siempre es más, a veces más es menos. Y si bien todo el metraje está cuidado, tanto en su fotografía como ambientación, el metraje se hace demasiado largo llegando al punto de que en realidad todo queda cerrado antes de llegar realmente al final de la proyección.

Le Mans ’66 es la historia de una hazaña que muchos pensaban imposible, pero más que nada es la historia de dos hombres, de su pasión común y de su amistad.

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