Aquella noche dormí inquieto.

Había terminado de trabajar, cené algo ligero y me fui a la cama para leer La vampira de Barcelona.

Conocía la historia de hacía tiempo, no en gran profundidad pero sí sabía quién era Enriqueta Martí, la llamada Vampira de Barcelona.

Creo que fue en un libro sobre leyendas urbanas que tenía mi padre, no lo recuerdo bien. Uno más de los momentos oscuros de esta España nuestra.

Esa noche abrí el tomo de Norma Editorial y fue pasando las páginas, devorando el trabajo firmado por Miguel Ángel Parra, Iván Ledesma y Jandro González.

Leía y no podía dejar de hacerlo. Avanzaba y paraba, consultaba un dato en Internet, buscaba información y seguía leyendo. La noche era silenciosa y cada vez me encontraba más inquieto.

Por un momento la mente me jugó una mala pasada, un sonido que provenía de algún sitio. Tuve que levantarme y encender las luces. Sabía que era imposible, no podía estar en mi piso, pero quién sabe.

Volví a la cama y seguí leyendo.

La triste y terrible historia de Enriqueta Martí tiene muchas aristas y pasajes. No todo está claro, parte pertenece a la leyenda, otra a la exageración propia de las informaciones de la época, hay trozos que se contradicen y el paso del tiempo solo ha hecho que la figura de esta mujer crezca.

Puede ser que fuera una curandera que fabricaba ungüentos con huesos de difuntos, quizá una proxeneta que traficaba con niños e incluso los asesinaba, también una protegida de clientes adinerados que la protegían, quizá solo una mujer que salía adelante de una forma brutal en un país que era igual de brutal.

Al igual que Alan Moore y Eddie Campbell en From Hell, aquí los autores han escogido un camino por el que recorrer la historia. En ocasiones permitiéndose licencias que la desvían, pero solo para lograr una lectura más ágil y adictiva.

El trazo de Jandro González es realista pero sin serlo demasiado, es cartoon pero sin serlo demasiado. Sus personajes y figuras caminan por una línea media en que sus rasgos se acentúan y sus emociones se muestran claras a través de sus expresiones, en el caso de Enriqueta Martí haciéndola estar suspendida entre representar a un demonio o solo a una mujer que no estaba en sus cabales.

Podría seguir largo y tendido hablando de esta obra, de la buena y extensa labor de documentación que sus creadores han hecho, lo acertado de su narración y la química que los tres han logrado en este tomo.

Pero creo que lo mejor es terminar de la misma forma que he empezado, recordando que aquella noche, esa noche en la que leí La vampira de Barcelona, dormí inquieto temiendo a las sombras y asustado por los ruidos.

 

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