Esa noche Dalia salía con sus dos amigos de siempre. Una chica bajita de pelo castaño, mirada curiosa y a la que le gustaba vestir de colorines llamada Gabrielle, igual que la compañera de Xena, y un chico rubio con las mejillas permanentemente rojas, algo tímido y llamado Sergio, aunque todo el mundo le solía llamar Sergi (con “g”, es decir sonando “Serji” y no “Seryi”).

Ella, Dalia, era morena con ojos azules, delgadita y con una sonrisa que iluminaba las habitaciones cuando entraba en ellas. En verano le salían pequitas en la cara, le gustaba vestir vaqueros y botas, adoraba a sus dos amigos más que a nada en el mundo, siempre que podía estaban los tres juntos.

Esa noche era una de tantas de fin de semana. Un viernes más en el que tras salir de la facultad se pusieron un WhatsApp en el grupo (que se llamaba “Los tres mosqueteros”) para quedar esa noche. Cada uno estudiaba algo distinto. Gabrielle quería ser médico, Sergi en cambio estaba en Bellas Artes y Dalia desde pequeña soñaba con estar algún día en la redacción de un periódico, igual que Lois Lane o la mítica Nellie Bly.

Solo que eso durante la semana, el fin de semana, el viernes y el sábado, esas dos noches, todo dejaba de importar. Esas dos noches eran para ellos, para salir y para divertirse. Para ellos el único argumento de la obra todavía no era envejecer y morir, ellos (igual que todos los jóvenes) vinieron a llevarse la vida por delante.

Y sí, le gustaba la poesía, en concreto la obra de Jaime Gil de Biedma.

Quedaron a las diez de la noche, después de cenar cada uno es su casa. Iban vestidos como los jóvenes el fin de semana, para salir y pasarlo bien. Nada realmente llamativo, salvo los colores de Gabrielle si no fueran la norma en ella. Sergi llevaba un sencillo vaquero y una camiseta negra, mientras que Dalia había optado por un vestido ligero y una cazadora para cuando refrescara. Era primavera y el calor empezaba a apretar, pero todavía el frío jugaba malas pasadas.

Llegaron casi a la vez, se saludaron y los tres, emulando a Dorita y sus amigos, emprendieron el camino por las baldosas grises de la ciudad. Las luces de las farolas eran sus compañeras, los focos de los coches iban y venían, y otros tantos jóvenes igual que ellos vivían su propia noche.

Caminaron entre bromas, risas, quejas de sus profesores, cotilleos sobre compañeros que empezaban o dejaban de salir, padres, amores, trabajos… Y llegaron.

La sala había abierto hace poco. El nombre brillaba en la fachada de edificio. Se llamaba 3Pack, un nombre que tenía mucha historia detrás pero solía pasar desapercibido a la mayoría de los que allí se congregaban. Saludaron al portero, un amigo del hermano de Dalia y entraron.

Las luces se encendían y apagan. La barra estaba llena de personas esperando sus bebidas. En los sofás había parejas besándose. En el centro estaba la pista de baile. Según entraron, Dalia clavó la vista en ella y sin siquiera despedirse de sus amigos, fue hacia allí. A ellos no les importaba, sabían que lo hacía sin maldad, sencillamente era superior a ella.

Empezó a bajar las escaleras mientras la gente se iba apartando. No es que realmente lo hicieran, solo sucedía así. Ella siguió su camino casi a cámara lenta y mientras lo hacía notaba como su cuerpo empezaba a sentir la música. Siempre era igual, para ella era algo mágico, era su mejor momento de la semana, esos minutos en los que nada importaba.

Llegó hasta la pista, igual que siempre había logrado llegar al centro de la misma sin pararse, sin chocarse con nadie, sin proponérselo. Sencillamente estaba allí. A su alrededor otros tantos chicos y chicas de su edad bailaban, bebían y disfrutaban de la noche.

Cerró los ojos mientras su cuerpo seguía moviéndose. El vestido había sido la elección perfecta, le dejaba toda la libertad que necesitaba. Y la noche, la noche solo acababa de empezar.

Sonrió. Siempre lo hacía.

Entonces, la música empezó a sonar solo para ella. Las luces se apagaron por completo y solo había un foco, el que salía de su corazón y de sus pies. Los brazos empezaron a moverse a la vez que lo hacía la cabeza, las caderas acompañaron el ritmo que inundaba todo su cuerpo.

Solo se movía, seguía lo que sonaba, no pensaba. Se dejaba deslizar y la electricidad era casi palpable. Sus manos se levantaron y fueron hasta su pelo, quitaron la goma que ataba su coleta dejando libre una melena negra como la noche.

No importaba nada. No había nadie. Solo música.

Sonaba en su cabeza, en su corazón, en su alma. Su cuerpo funcionaba solo. Marcaba su propio compás, su mente estaba en blanco pero en éxtasis. No había nada mejor, era imposible que lo hubiera.

Respiraba. Una, y otra vez, cada vez más deprisa. Notaba algo de cansancio, debía llevar un buen rato bailando pero no importaba, mientras hubiera noche, mientras hubiera música, mientras pudiera…

Seguía bailando.

A su alrededor se había formado un grupo de personas que aplaudían y la vitoreaban, sus amigos en el fondo de la sala sonreían al verla tan feliz, el amigo de su hermano se asomó un momento y se quedó mirando sabiendo que todo iba bien.

Durante la semana había demasiado por hacer. Levántate, vete a clase, estudia, cuida a tu primo, vete a la tienda, haz los trabajos de la facultad, prepara los exámenes…

Siempre igual, siempre lo mismo, siempre agotador.

Hoy no. Esta noche no.

¿Mañana?

No lo sabía. No le importaba, daba igual.

Solo bailaba, sentía la música y disfrutaba.

Mientras pudiera.

Mientras hubiera música.

Mientras su cuerpo quisiera, mientras su corazón latiera, mientras la electricidad saltara de su corazón para iluminar los focos de la sala, mientras una sonrisa apareciera en su rostro.

Bailaría. Para siempre

Y la noche bailaría con ella.

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