Hay historias que no por muy contadas dejan de funcionar, y en el mundo del cine (de la ficción, en general) las tramas que involucran a dos personas que son muy distintas pero terminan queriéndose siempre funcionan bien. Más todavía si tal relación viene dada por un niño y un hombre ya adulto, quizá entrado en años, por supuesto con una actitud algo huraña que terminará siendo conquistada por el infante en cuestión.

Precisamente esto es lo que presenta el director francés Nicolas Vanier en La escuela de la vida (aviso: en IMDB la encontraréis como El rey del bosque), junto a Jérôme Tonnerre con el que además firma el guión. Ambos llevan al espectador hasta la Francia de principios del siglo XX, en un pequeño terreno rural lleno de curiosos personajes de entre los que destaca sin duda uno, Totoche.

Este hombre interpretado magistralmente por François Cluzet (al que seguramente muchos conozcan por la exitosa Intocable) vive en y del bosque que le rodea, ha aprendido a moverse por él, a pescar en el río y a ser uno más de los habitantes del paradisíaco paraje. Es, además, un tipo ingenioso que ha convertido la pequeña embarcación en la que vive en un lugar con divertidos y funcionales artilugios, que en una primera impresión hacen pensar de forma inevitable en la casa de Pee-wee.

Su vida se verá alterada por la llegada a las tierras del joven Paul, un huérfano que es acogido por una de las sirvientas de la casa y su marido (con el que Totoche tendrá una cierta competición). Este crío logrará abrirse camino en su coraza y de él aprenderá grandes lecciones sobre la vida, destacando la escena en que ambos pasean por entre los árboles hablando sobre qué es la misma (y la muerte, claro).

El problema que tiene este filme aparece avanzado el metraje, cuando esta tierna historia que se va desarrollando a la perfección pasa a un segundo plano para descubrir un pasado en el niño que entronca con cualquier telenovela televisiva. Se llega al punto de que el hombre que estaba siendo su maestro y su protector, pasa de estar prácticamente siempre presente a casi desaparecer sin explicación alguna (perdiendo además el espectador uno de los mejores elementos de la película).

Es precisamente este giro el que hace que todo el título funcione a medio gas, ya que en el par de horas que dura la ficción es como si hubiera dos películas en vez de una. Sí, el cambio es justificado narrativamente y sirve perfectamente para la resolución final, pero es demasiado brusco y deja al público con ganas de más de lo que estaba viendo.

Lo que no cambia en ningún momento es la muy bien ejecutada música que está presente a lo largo de todo el minutaje, como la maestría que demuestra Nicolas Vanier a la hora de filmar a la naturaleza y los animales que viven en ella. Bajo sus manos, el bosque pasa de ser un simple emplazamiento a todo un personaje al que se debe tener en cuenta, y que tambien tiene su propia historia por narrar.

A pesar de este brusco giro, hay muchos motivos para ver La escuela de la vida, pero sin duda uno de los primeros es poder disfrutar de la soberbia interpretación de François Cluzet, que solo es igualada por François Berléand, como el amable Conde dueño de toda la finca.

Y sin duda, el poder perderse por ese bosque sacado de un sueño.

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