Este viernes se estrena la segunda parte de Kingsman, la película basada en el cómic sobre una agencia secreta del gobierno británico. Estuvimos en el pase de prensa y os dejamos con nuestras impresiones.

Empezamos con un pequeño resumen de la misma: después de los acontecimientos de la primera película, Gary “Eggsy” Unwin se convierte en uno de los agentes más reconocidos de la organización secreta británica Kingsman. Un tropiezo con Charlie, un antiguo recluta (visto en la primera parte), termina en una persecución por las calles de Londres y el robo de datos de la agencia.

Charlie trabaja ahora para una organización llamada el Círculo de oro, liderada por Poppy (Julianne Moore), una empresaria algo peculiar, amante de la cultura pop de los años cincuenta y cuya base de operaciones es un cártel en el quinto pinto. Con la información robada, localiza las bases de operaciones de los Kingsman y lanza un ataque contra ellas, destruyéndolas completamente. Solo Eggsy y Merlín sobreviven.

La primera parte dejó en general un buen sabor de boca, aunque fue duramente criticada por su exceso de violencia. Esta segunda parte pierde uno de los alicientes de la primera: su frescura. Mantiene el humor negro y la acción de la anterior película, así como los guiños y parodias al género de agentes secretos, pero las peleas se muestran repetitivas, y es posible que ello se deba a los excesos mostrados en la primera parte. Lo que era el mayor aliciente de la primera, irónicamente le resta puntos a la segunda.

 

Sin duda Julianne Moore se lleva la palma del mejor personaje. En cada escena da lo mejor de si misma y se convierte en una presencia imponente, camuflada en una estereotípica madre de los años cincuenta. El único problema, y es algo más del guion que de la actriz, es que sus motivaciones quedan un poquito cojas.

 

El que pierde un poco de fuelle es Eggsy. En la primera película le vimos como un adolescente barriobajero que se ve forzado a adaptarse a una nueva vida de caballero inglés. En esta nueva entrega le veremos algo más serio pero algo desbordado por situaciones que pondrán a prueba su lealtad tanto a su país como a sus seres queridos.

Pese a que no se profundiza mucho en ello, la dicotomía entre los Kingsman y los Statesman, sus homólogos kentuckianos, arranca risas en varios momentos. Y es que lo que les diferencia irónicamente les une: los estereotipos de sus respectivas zonas de procedencias.

En resumen, estamos ante una aceptable segunda parte que queda por debajo de la primera, pero mantiene la esencia de la saga. Ya se está trabajando en una tercera parte y esperamos que sea un cierre digno, a diferencia de otras trilogías que han ido empeorando a cada entrega.

Artículo de Jordi Olivera.

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