Personalmente siempre he pensado, y sé que no soy el único, que las historias protagonizadas por villanos tienden a ser más interesantes que las que tienen a los héroes como personajes principales. En gran medida es por el sencillo hecho de que estos últimos deben ser buenos, pero en cambio los otros pueden ser mucho más que solo malvados y eso es lo que hace de ellos seres tan interesantes. Uno de los mejores ejemplos, y de mis obras predilectas, es La última cacería de Kraven. Una joya en la historia de publicación de Spiderman en la que J.M De Matteis y Mike Zeck convierten al que siempre fue un enemigo de segunda categoría en un hombre atormentado que logra su triunfo final, y después hace lo único que puede hacer. Leedlo, es sencillamente impresionante.

En el caso de Kingpin tenemos a un personaje que si bien empezó siendo poco más que un gangster enorme y con una tremenda fuerza, se fue convirtiendo con el paso del tiempo en una amenaza a tener en cuenta. Sin duda el más temible enemigo de Daredevil, cuyas acciones terminan resonando por todo el universo Marvel y que siempre ha logrado recomponerse cuando ha caído en desgracia. Pero tras todos sus actos hay un hombre, uno que ahora pretende dejar atrás su pasado y lavar una imagen que está empapada de sangre.

¿La forma? La misma que han hecho otros muchos antes que él, escribir y publicar su biografía; o más bien encargarla a alguien que sea capaz de mostrar al mundo quién es en realidad, o al menos quién quiere él que vean. La elegida es Sarah Dewey, quien por supuesto es una periodista en horas bajas que termina aceptando el encargo pero cargada de dudas. Y tiene motivos para ello, es Wilson Fisk y si tanta gente le teme, es por algo. No por ello deja de ser una persona encantadora y atenta, un hombre que cuida de los suyos pero al que no le tiembla la mano para terminar con aquellos que le desafían. La pregunta que esta profesional debe responder es muy sencilla y muy compleja, ¿quién es él?

En su camino para descubrirlo se topará con gangsters que se la tienen jurada, personas que le quieren y que le defienden, un abogado ciego y un justiciero vestido de rojo… Y todo un mundo que se le abre primero mostrando sus mejores galas y poco a poco los peligros de cruzarse en el camino de Wilson FiskÉl es el auténtico protagonista de todo. 

De ello se encarga Matthew Rosenberg, quien lo muestra como si fuera la ballena blanca de las leyendas, una criatura digna de admirar pero a la que conviene no acercarse mucho. Un tiburón que navega por las aguas y que a su paso siembra la inquietud sobre cuándo y a quién atacará. Por su lado Dewey ejercerá de guía al lector, como Caronte en su barca nos llevará por ese nuevo y oscuro mundo, descubriendo a la vez que nosotros aristas y matices del personaje creado en 1967 por Stan Lee y John Romita.

Como heredero de este está Ben Torres, con un estilo sombrío que hace pensar en Eduardo Risso y Frank Miller en ocasiones de forma más que directa, este último un autor en el que es imposible no pensar cuando se trata de una historia relacionada con el mundo de Daredevil. Si bien es cierto que su interpretación de Fisk es buena, logrando que siempre esté caminando entre la duda de si se ha reformado o sigue siendo un delincuente; hay que decir también que peca en más de una ocasión de estático, lo que no impide que logre hacer atractivas las muchas escenas de conversaciones que marca el guionista.

Kingpin: Corriendo con el diablo es uno de esos cómics que poco a poco crecen, pasan de un lector a otro ayudados por el boca a boca, y con el tiempo llegará a ser una de esas lecturas que se convierten en imprescindibles.

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