Geoff Johns es un genio, lo mires por donde lo mires, y en estos últimos números de su etapa en Flash nos lo demuestra sin problema. Con la decisión de cerrar todas las tramas que había ido abriendo a lo largo de los años, confiere a las historias de Wally West un tono mucho más maduro y oscuro de lo que el personaje –siempre en la onda desenfadada y palomitera del clasicismo de DC- nos pudiera tener acostumbrados.

En esta última saga de Johns, recopilada en el volumen “La guerra de los villanos”, asistimos a una historia con reminiscencias a Watchmen –salvando las distancias con la masterpiece del siglo XX, claro está-, en la que ni los héroes son tan perfectos y carentes de errores, ni los villanos tan desalmados y monstruosos. Los grandes héroes de DC nos muestran aquí una humanidad mayor de la habitual, en la que se dan cuenta de sus propios errores y asumen que en el fondo sólo son personas y que a veces su propio endiosamiento se les va de las manos.

Pero, como pasaba en la segunda película de la trilogía de Batman de Nolan, es una historia sobre los villanos, en la que el héroe principal que da nombre a la serie aparece como poco más que un adorno o un reclamo para el lector. Y no podríamos estar más agradecidos. Por fin podemos profundizar en la historia de villanos clásicos como Ola de Calor –con su desesperado intento de redención-, el Amo de los Espejos –con su ego desmesurado obstaculizando su crecimiento personal- o Zoom –con su obsesión por demostrar que no es un villano sino un héroe-.

Alguien está matando a los familiares más cercanos de los héroes y también a algunos villanos, provocando un clima de desequilibrio y angustia que llevará a una guerra entre antiguos villanos ahora rehabilitados como miembros del FBI –el Trickster Original, Magenta o el Flautista, entre otros- contra los que se niegan a dejar de lado sus actividades delictivas –con el Capitán Frío a la cabeza de un colorido desfile de supervillanos-.

Estamos ante una obra con una complejidad y profundidad psicológica nada habitual en los habitualmente planos personajes de la editorial, donde podemos llegar a entender a los villanos mucho mejor que a la mayoría de superhéroes. La historia del Amo de los Espejos, su adicción a las drogas y como sus compañeros delincuentes le obligan a dejarlas es, cuanto menos, original y sorprendente. Y el relanzamiento de un villano de tercera como fuera Top, llevándolo a primera línea y convirtiéndolo en un escalofriante némesis que hiela la sangre en las venas, es de lo más acertado que ha aportado Johns a esta obra.

Pero La Guerra de los Villanos no es sólo un ejercicio de profundizar en la psique de los enemigos, sino una potente declaración de intenciones por parte de Johns. El guionista sabe que el personaje de Flash siempre ha estado injustamente a la sombra de Batman, tanto para los editores como para los fans, y ha decidido pronunciarse al respecto, dejando claro que no es para nada un personaje de segunda y que su galería de villanos es tan digna, sino incluso mejor, que la del Caballero Oscuro de Gotham. El propio personaje se lo dice directamente a Batman, en una escena en que Johns decide dejar de lado la sutileza y soltar de forma literal el objetivo de su historia: “¿Crees que es fácil lidiar con estos villanos? ¿Piensas que sólo porque no están como una maldita chota son más fáciles de atrapar? Los tuyos son distintos, Bruce. Se mueven a nivel psicológico. Dejan pistas, les encanta matar. Los míos… se organizan muy bien. Que tengan nombres ridículos y se vistan de colores chillones no los hace más idiotas. Ni mucho menos”. Más claro, agua.

La Guerra de los Villanos es una historia sobre la redención. Sobre lo difícil que es alcanzarla. Sobre lo fácil que es recaer en el camino hacia ella. Y, por encima de todo, sobre lo importante que es seguir intentándolo por mucho que cueste.

Artículo de Jöse Sènder.

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