Si leéis cómics DC habitualmente, seguramente conoceréis de sobra la historia de Los Nuevos 52 (2011): una reconstrucción completa del universo DC a tenor de las paradojas temporales causadas por el evento Flashpoint, por la cual en la continuidad actual se establece que sólo hace 5 años que existen los superhéroes, con lo que todo es nuevo y fascinante para ellos y para la gente de a pie. Así, la editorial aprovechaba para refrescar a sus héroes y reescribir su mundo en un estilo un tanto más crudo, realista y menos idealizado, restando simplicidad para acercarse un poco más al estilo del universo Marvel, la competencia que les estaba ganando terreno en el ámbito de los lectores adultos.

Este brusco cambio en la continuidad de los cómics puede causar confusión en los lectores menos habituales, que se encuentran aquí con incongruencias como que Barry Allen acabe de descubrir que existe la Fuerza de la Velocidad o que se tope por primera vez con Gorila Grodd, pese a que ya hace décadas que ambas cosas habían sucedido. Sólo que resulta que no son incongruencias, sino una brillante maniobra editorial que nos permite volver a descubrir algunos conceptos clásicos de una forma fresca y renovada. Gracias a ello, podemos asistir al choque entre Barry y Grodd como si fuera la primera vez –porque, en cierta manera, lo es- y contemplar un mundo superheroico nuevo y sorprendente, como lo hicieran nuestros abuelos en las primeras épocas de los cómics de superhéroes.

La historia, como ya sucediera en el tomo anterior, gira en torno a los Villanos –con mayúsculas-, que se merecen tener su propia historia dado el interés que generan sus personalidades y conflictos. Flash vuelve a ser poco más que un mero espectador y lo mejor es que eso no nos molesta en absoluto, ya que tenemos un protagonismo repartido entre sus némesis que lo hace mucho más interesante. Una vez más, el Capitán Frío se come la escena él solito, ya que su carisma le hace destacar entre todos los enemigos –y a veces aliados temporales– de Flash, convirtiéndose en el centro de atención, cosa que agradecemos enormemente.

Pero no es el único punto fuerte, ya que el resto de su grupo, los Villanos, también mejoran y aumentan en calidad. Al desarrollar poderes sobrenaturales que imitan y sustituyen a sus habituales armas tecnológicas, se convierten en personajes mucho más turbulentos y torturados. Ola de Calor busca venganza contra Capitán Frío porque su cuerpo entero está abrasado por su propio poder. La Patinadora también ansía vengarse de su hermano, ya que el cambio de humana a metahumana la ha convertido en un ser etéreo e intangible que vibra a una frecuencia que pocos pueden percibir. Además, se convierte en la nueva líder del grupo criminal, consiguiendo en apenas unos minutos muchos más éxitos de los que todos los demás habían conseguido en toda su vida y mostrándonos que el cambio de liderazgo puede traer consecuencias jugosas e impactantes.

El tema central de la historia es el conflicto de poder que divide a los grupos. Podemos verlo en tres frentes. Uno es el del mencionado grupo de Villanos, que han decidido acabar con su antiguo líder y proclamar a su hermana en su lugar. Otro es el del cártel de narcotráfico de Hechicero del Clima, donde descubrimos las turbias circunstancias de la muerte de su hermano –la similitud entre ambas tramas no es casual y se usa para reforzar la idea central-. Y el tercero es el de las calles de Central City, donde políticos corruptos alimentan el odio de las masas para conseguir que la gente de a pie odie a sus propios héroes.

Esto es algo bastante importante, ya que hay mucha más política de lo habitual, aunque se pase un poco de puntillas por el tema. La trama del propio Flash no es nada innovador: un héroe acusado injustamente de matar a un tipo importante –que, para qué negarlo, se lo merecía- y que en realidad ha sido todo un plan maquiavélico de una villana psicótica. Pero tampoco necesitamos más, ya tenemos una trama mucho más profunda y suculenta con la guerra entre los Villanos, así que la subtrama de Flash sólo está ahí para aportar matices a la historia principal.

Si hay algo que se le pueda reprochar a este cómic es que pasa muy por encima de algunos de los temas que toca. Al tener una conspiración política detrás –Doctor Elias– podría dársele mucho juego al tema y construir una historia intrincada y llena de giros sorprendentes. Pero al final se reduce a un tipo muy malo que a la mínima de cambio explica su plan malvado de engañar a la gente de forma abierta, lineal y sencilla, como un villano de 007. En este aspecto, Manapul peca de no mojarse demasiado en las temáticas que trata –aunque es pronto para especular, quizás la historia se amplíe en el próximo tomo-. Tampoco se moja mucho con el tema recurrente en este tomo de la amnesia, que se resuelve quizás demasiado rápido. Que la historia comience con Barry incapaz de recordar quién es o dónde está habría dado un juego tremendo si se hubiese alargado, pero la resuelven de forma rápida y un tanto gratuita –en cuanto Grodd le va a pegar un mordisco, de golpe y porrazo dice “Anda, si yo era Flash”-, lo que reduce una trama que podría haber sido altamente interesante a apenas unas pocas páginas. Lo mismo sucede con Turbina, que ha olvidado todo y no sabe quién es… hasta que una página más tarde oye la palabra “Flash” y recupera su memoria a la perfección.

Pero estos pequeños defectos se compensan con la bonita historieta final, en la que se nos muestra el pasado de Barry Allen con el objetivo de acercar la historia del cómic a la de la serie de televisión de CW. Y, sobre todo, con el carisma de sus Villanos, especialmente del Capitán Frío, que hace que valga mucho la pena leer el tomo.

El genial dibujo de Manapul ameniza la historia, con ciertos toques amerimanga que lo sitúan en un punto indeterminado entre un joven J. Scott Campbell y –salvando las distancias– Chris Bachalo. El preciosismo de sus portadas, con color de Brian Buccelatto, recuerda a veces al de Jo Chen en las cubiertas de Runaways –sólo hay que ver la portada del tomo, con esa fascinante imagen de Flash y Patinadora en un momento romántico y esas ondas brillantes de pelo tan Art Nouveau-. Un artista altamente recomendable, sin duda.

Artículo de José Sënder.

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