Lou ReedExcéntrico pero devoto por lo que más le gustaba: la música. Así era Lou Reed, a quien se le apodaba el poeta de Nueva York.

Sus letras mostraban la cara más humana del ser humano, cantaba al lado oscuro de la vida, al lado salvaje, con crudeza pero sinceridad; con superioridad pero desde la experiencia. Cantaba a una vida que no tenía por qué ser necesariamente mala, sólo socialmente mal vista, pero que en realidad forma parte de la misma.

Descubrí a Lou Reed de la mano de The Velvet Underground, gracias a un compañero que me pasó una canción llamada Heroin. No es precisamente la mejor canción para introducirse de lleno en el grupo, y realmente la primera vez que la escuché no me gustó y me pareció muy extraña; pero los astros se alinearon en aquella ocasión e hicieron que volviera a darle una oportunidad a esa canción a los pocos días de la primera escucha. Me enamoró a la cuarta.

Este año hace diez que descubrí la persona y la música de Reed. Diez años en los que el neoyorquino cambió mi vida musical para siempre. Mi primer concierto, hace diez años, fue el de Lou Reed en Barcelona. Él me abrió las puertas del rock y por él soy quien soy hoy día. Lou Reed cambió mi vida. Puso banda sonora a mis momentos de felicidad, de orgullo, de rabia, a mi primer beso y a mi primer amor.

Al conocer la noticia tuve la necesidad de redactar mis pensamientos sobre él y sobre el suceso. A veces es una tarea muy difícil, sobre todo cuando es algo que está tan dentro de ti y te cuesta expresarlo en palabras. Me pregunto si puedo expresar lo que me ha pasado por la mente en las últimas 24 horas de forma breve, si no me dejaré algo en el tintero o si daré algo por sentado. Es un extraño sentimiento el haber perdido a una persona querida que ni era próxima ni era conocida.

Es curioso ver cómo, a medida que la noticia se extiende, recibes mensajes de amigos que te conocen desde hace años dándote el pésame por su muerte, a sabiendas de lo que significó en su momento su persona. Si nos conocimos hace diez años, sabrás por qué siempre llevo gafas de sol.

Hasta siempre, Lou.

por James Ruthven.

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