Jesús es una de las figuras históricas más importantes de todos los tiempos. Su vida, su muerte, su mensaje e incluso el simple hecho de si realmente es quien fue son temas de los que se siguen hablando dos milenios después de su paso por este valle de lágrimas.

Esta repercusión no cayó en saco roto en el mundo de Hollywood y del audiovisual en general, haciendo que en diferentes ocasiones se reflejaran sus acciones en filmes de gran presupuesto, espectaculares y con una labor de marketing de gran calado (esto es un negocio, no lo olvidemos). Películas como Jesucristo Superstar, La pasión de Cristo o la recomendable miniserie de 1999 simplemente llamada Jesús son un ejemplo de esto. Podrían citarse otras como Los diez mandamientos o Noé en esa misma línea, aunque adaptando otros relatos bíblicos.

En el lado opuesto estaría Últimos días en el desierto. Una producción que se aleja de estas y otras tantas para hablar de Jesús. No del mesías, no del salvador del mundo, no del hijo de Dios, no, solo del hombre, de al que en un acierto de la producción conoceremos por Yeshúa. Interpretado por Ewan McGregor, se posiciona claramente enfrentado al misticismo que tiende a rodear esta figura, lo humaniza y convierte en alguien igual de mundano que todos los demás.

Ha decidido alejarse de todos, irse al desierto en busca de serenidad, de reflexión, de buscar una respuesta para el camino que sabe que tiene marcado, para intentar hablar con un padre que nunca responde mientras duda de quién es y de qué está destinado a hacer. Estas preguntas aparecen planteadas a través de Lucifer, que en otro acierto es también interpretado por McGregor, apareciendo no como un diablo tahúr que juegue con el sufrimiento ajeno y más como esa parte que todos tenemos que nos hace pensar “¿Y si…?”, esa voz interna que nos hace pensar que igual hay otro camino más fácil, esa voz que a veces nos logra convencer…

Un adversario realmente duro de vencer y que en ocasiones es hasta simpático. Se cae de lleno por el lado de la dualidad del hombre y de su alma, planteando la semilla de si realmente este antiguo ángel caído del cielo es realmente malvado o si es siquiera algo más que una alucinación provocada por el continuado ayuno del protagonista en el desierto.

En su camino no solo se topará con el antaño favorito de Dios, también lo hará con una familia que al igual que la suya está formada por un padre, una madre y un hijo. A través de ellos muchas de las preguntas que él tiene cobrarán forma, otras nuevas aparecerán y unas pocas tendrán una cierta respuesta. No demasiadas ya que, al igual que en toda vida, es él mismo el que debe llegar a encontrarlas.

También se encuentra con el desierto, el otro personaje de la película, igual o más importante que todos los demás al punto de dar su nombre al filme. Implacable, polvoriento e inhabitable, pero también un lugar en el que poder reflexionar y encontrarse a uno mismo, de nuevo el juego de la dualidad impregna el relato que firma Rodrigo García (hijo de Gabriel García Márquez) que aprovecha para adentrarse en ciertos temas ya planteados en su anteriores trabajos.

Últimos días en el desierto no intenta sentar cátedra sobre quién era el hijo de Dios, ni siquiera pretende aleccionar en este aspecto; solo quiere reflexionar el hombre y sus dudas, mostrando a una persona que en un momento de su vida está perdida al igual que todos lo hemos estado en ocasiones.

Un relato sobre un hijo y un padre que nunca responde. Es solo eso. Es todo eso.

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