El primer encuentro serio que tuvimos muchos de los que ya peinamos canas con Los Pitufos fue gracias a las 625 líneas que nos ofrecía una caja tonta que, por entonces, sólo nos ofrecía dos canales de televisión.

Los sábados y domingos, a eso de las 15:30h, la Primera Cadena (canal de televisión que los jóvenes de ahora conocéis como La 1) nos regalaba series de animación a los más pequeños justo antes de que se emitiera un clásico del cine americano, que los de nuestra generación disfrutábamos igual o más que las series de animación que los precedían.

Hanna-Barbera era algo que los pequeños de esa época asociábamos siempre con los dibujos animados pues el logotipo de la productora creada por William Hanna y Joseph Barbera estaba en series protagonizadas por personajes como el Oso Yogui o el Lagarto Juancho, que todos veíamos los sábados y domingos por la tarde o en diario después de volver del colegio, comiéndonos un bocadillo de sobrasada (que también podría ser de chocolate o del embutido que fuera).

Los Pitufos fue una de las pocas series de Hanna Barbera que no contaron con personajes de creación propia y los jóvenes espectadores de la época que (sin Internet ni Wikipedias que consultar) tomamos a estos pequeños seres azules como propios de esta factoría de animación, pues los creadores de esta serie hicieron suyos a los personajes que adaptaron a partir de la obra de Peyo. Sí, edulcoraron en parte sus argumentos y e intentaron adaptar las historias al gusto del espectador americano, pero ahí seguía estando la esencia de los Pitufos.

Sus historias enganchaban porque, aparte de que algunos episodios se basaban directamente en los cómics y eso siempre es un punto a su favor, eran muy divertidas y los guiones eran buenos. Además, en cada entrega se notaban unas ganas de hacer unos dibujos animados diferentes a lo que se podía ver por entonces en la pantalla catódica, siendo capaces de captar la atención tanto del público infantil a quien estaba dirigida la serie como a los adultos que pudieran verla.

The Smurfs, como se llama a los Pitufos en el país de Donald Trump, fueron un éxito en todo el mundo y todos deseábamos que llegara el fin de semana para ver un nuevo episodio de nuestra serie favorita. ¿Quién de vosotros no ha tarareado alguna vez el famoso “La… la… la, la, la, la. La, la, la, la, la…”?

Puede parecer que al hablar tan bien de esta serie hablo desde la nostalgia del niño que una vez creyó ser un Pitufo, que también, pero no. Porque Los Pitufos fue realmente una serie que caló. Y no sólo entre el público, pues también fue reconocida con la crítica y ahí está el que recibiera algún que otro premio en los prestigiosos Emmy, amén de muchísimas nominaciones.

Los Pitufos duró ni más ni menos que nueve temporadas, estando en emisión desde 1981 hasta 1990, lo que no está mal para una serie de animación. Sin embargo, Televisión Española apenas emitió las dos primeras temporadas y hubo que esperar a la aparición de las televisiones autonómicas para poder ver alguna más, en el caso de que fuéramos los afortunados que vivíamos en alguna comunidad autónoma con televisión propia.

Los cómics de Peyo eran todo un éxito y generaron largometrajes o incluso canciones (como las del Padre Abraham), pero fue gracias a la serie de Hanna-Barbera con lo que se impulsó la popularidad de los Pitufos a cotas inimaginables.

Cuando Doc Pastor me propuso escribir un texto sobre esta serie hice el sano ejercicio de volver a ver todos los episodios que pudiera. He que decir que Los Pitufos ha envejecido muy bien y la he disfrutado igual que cuando, de pequeño, me sentaba a verla frente al televisor los sábados y domingos por la tarde. Si vosotros tenéis ya una edad, haced la prueba. No os arrepentiréis.

Artículo de José Luis Mora.

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