En los años 50 y 60, debido en parte al gran éxito del cine de ciencia-ficción que surgió como un síntoma de la paranoia anticomunista estadounidense, se pusieron de moda también en el cómic las historias de héroes espaciales. Historias inocentes, sencillas, infantiles y que pecaban de una ingenuidad tal que a día de hoy las miramos por encima del hombro y hacemos una mueca conmovida mientras pensamos “ay, criaturillas”. Los héroes del espacio que poblaban estas historias sencillas fueron cayendo en el olvido con el auge de los superhéroes y nunca más volvió a oírse de ellos.

Hasta que, en los 90, Howard Chaykin decidió recuperarlos. Y a la vez no. Chaykin creó una historia en la que rescataba a los santurrones espaciales de los viejos tiempos –Tommy Tomorrow, Manhunter 2070 y otros- y les daba la vuelta completamente, para dar pie a una obra fría, destructiva y poderosamente adulta. Recuerda a labor que realizara Gaiman por la misma época, rescatando héroes olvidados, pero en este caso enfocada al por entonces moribundo apartado espacial de DC.

En Crepúsculo –por favor, no confundir con cierta saga literaria del mismo nombre y una calidad infinitamente inferior-, se nos narra una epopeya futurista en que la humanidad se ha expandido más allá de las estrellas, ha alcanzado la inmortalidad y, con ella, la más absoluta y deleznable decadencia de su sociedad.

Con esta excusa, Chaykin aprovecha para hablarnos de temas como el racismo, la explotación sexual, las guerras por dinero, la lucha de clases y la bajeza del ser humano. Pero, por encima de todo, habla de la religión y de cómo el hombre siente una necesidad obsesiva de encontrar algo a lo que adorar, de cómo las antiguas deidades van cayendo en el olvido cuando encontramos otras nuevas que nos complazcan más.

La historia es compleja, llena de una cosmología tan rica en detalles y matices como densa y difícil de digerir. No es una lectura ligera para una tarde tonta, hace falta ponerle ganas y concentrarse para captar todos los hilos que conforman este inconmensurable tapiz cósmico e histórico. Pero, una vez dentro de la historia, vale la pena. Crepúsculo es, más que una simple miniserie de cómic en tres partes, un sesudo ensayo para la humanidad. Y esto inevitablemente no es apto para todos los estómagos, pero aquellos que disfruten con una historia complicada que abarca más de lo que tiene tiempo de contar disfrutarán como enanos.

El antiguo héroe perfecto Tommy Tomorrow se convierte aquí en un escalofriante villano de corte ario y neonazi, que pone la piel de gallina. Incluso los protagonistas, los “buenos” de la historia, tienen su lado turbio, nadie acaba de caerte especialmente bien en una historia que se empeña en contarnos que no existen los héroes y que todo el mundo tiene algo de villano en su interior. Excepto Brenda Tomorrow. Es imposible no amarla. Y además, sospecho que su impresionante parecido visual con Sigourney Weaver no es casual y que obedece a la cualidad de fan de los autores.

El dibujo de José Luis García-López es espectacular, como cabía esperar de él. Limpio, claro y a la vez capaz demostrar la suciedad y el hacinamiento de una forma realista y detallada. Sus portadas son verdaderas obras de arte. El color del interior del cómic es quizás un poco demasiado estridente y chillón para una obra de cariz más tétrico, pero los que leímos cómics en los 90 ya estamos acostumbrados a ello y esto no es nada en comparación con algunas otras obras de la época.

Estamos ante una obra para pensar, para conocer a fondo el comportamiento del ser humano en sociedad y horrorizarnos ante él. Una historia sorprendentemente adulta y oscura, para ser una obra de DC que no se encuentra enmarcada dentro de la línea Vertigo.

Os dejo con una frase del personaje con el nombre más impronunciable de la obra, F’Tatatita: “Eres bastante listo. Para ser un bípedo, quiero decir. Pero alguien que espera gratitud de un gato es un auténtico gilipollas”.

Artículo de Jöse Sénder.

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