Si eres seguidor de Queen, esta es tu película.

FOX y Regency nos traen (¡Por fin!) de la mano de Bryan Singer, eterno adolescente y director de Sospechosos habituales (1995), el esperado band-&-biopic de los eternos Queen y la leyenda Freddie Mercury. Escrita por Anthony McCarten (La teoría del todo, 2014) y supervisada por los mismísimos Brian May y Roger Taylor, Bohemian Rhapsody es una pieza de ficción Made in Hollywood de ciento treinta y cuatro minutos como crónica del nacimiento de la banda hasta el concierto de Live Aid de 1985.

La película, que llevaba en desarrollo más de una década y por la que han pasado por su elenco personalidades del nivel de Sacha Baron Cohen en el papel del cantante (y siempre abandonando el proyecto por diferencias creativas), no consigue, sin embargo, aquello que se propuso hacer: convertirse en el Bohemian Rhapsody de las películas biográficas. Mientras que el single decidió romper con los cánones pre-establecidos de la música del momento, el largometraje parece que tiene la intención de, en algún momento, innovar y narrar Queen y Mercury como tan sólo Queen y Mercury merecen pero que, finalmente, decide aplicar una aceptable y decepcionante fórmula narrativa que no aporta nada nuevo.

El elenco, y en especial Rami Malek como Freddie Mercury, son la elección perfecta para dar vida a cada uno de los personajes que re-interpretan – mención especial a Gwylim Lee como Brian May, Aidan Gillen como el productor John Reid, y a Mike Myers por cumplir de alguna manera la profecía establecida en 1992 con su Wayne’s World: ¡Qué desparrame!. No obstante, excepto Malek (de quien es imposible apartar la mirada), ninguno de ellos tiene la oportunidad de brillar, y se acaban convirtiendo en utensilios argumentales bidimensionales mientras la historia de la banda revolotea alrededor de Mercury y su relación con el amor de su vida, Mary Austin, genialmente interpretada por Lucy Boynton.

La razón de que esto ocurra es probablemente causa del guion de McCarten, que pasa de ser sutil e inteligente en contadas ocasiones, a una continuación a trompicones de escenas llenas de clichés con diálogos torpes y metidos con calzador que no acompañan con el tono de la película. Hay momentos, sobre todo durante la introducción de los personajes y parte del segundo acto, en que las conversaciones de exposición son vergonzosas y poco creíbles, sacando al espectador de la narrativa y deseando que venga otro de los emocionantes montajes con las canciones que hemos venido a escuchar. Se salva de este guion cómo está tratada la relación entre Freddie y Mary, una de las historias de amor más complejas que haya visto en años.

La foto de Newton Thomas Sigel, que ha acompañado a Singer durante la mayor parte de su filmografía, es probablemente el único elemento de la cinta que hace honor a la banda y a la figura del cantante británico. Arriesga con los claroscuros y contra-focos, dotando a algunos fotogramas de la capacidad de hacer sentir al público estar viendo una épica bíblica más que un simple biopic. Sigel y Singer arriesgan también con espectaculares secuencias y montajes que comprimen imagen real con imagen generada por ordenador: espectacular la primera vez que aparece Wembley al completo en el concierto del ’85 o las secuencias tour de la banda.

La mezcla de sonido y el uso de cada una de las piezas de la banda sonora es perfecto, aquello que se espera de un filme del estilo. El trabajo de búsqueda y restauración de grabaciones de ensayo y conciertos es fantástico, y la recreación de las escenas de concierto espectacular. Son dos horas y cuarto que tan sólo se pueden apreciar en la gran pantalla.

Por lo tanto, si eres seguidor de Queen, esta es tu película: cumple con las expectativas del espectador medio de recibir una simple narrativa llena de momentos de epicidad clásica en la que se muestra a la leyenda que fue Freddie Mercury, y no al hombre. Era de esperar no encontrar una historia narrada bajo el beneplácito del grupo que arriesgara en distorsionar la imagen que siguió al cantante durante su vida y tras su triste defunción en 1991, pero creo que es de amplio consenso admitir que habríamos preferido algo más arriesgado, oscuro y, por lo tanto, enaltecedor y humano.

Nuestros héroes y leyendas lo son tal porque podemos sentirnos próximo a ellos, porque sabemos que podemos alcanzarles, conscientes de sus vulnerabilidades a la par que de sus dones. Sin embargo, Queen, FOX y Regency han decidido mostrarnos, siguiendo la inamovible fórmula del cine americano, aquello que quieren que veamos y recordemos, cuando hoy nadie ni lo quiere ni lo necesita. Ese guion y esa fórmula son, desde mi perspectiva, el error fatal de Bohemian Rhapsody.

Por lo tanto, ¿es errónea la decisión de no mostrar su final? ¿No es acabar el filme con

ALERTA DE SPOILER

 

una secuencia de quince minutos con el Live Aid recreado de forma completa, y viendo al grupo y al hombre en el momento álgido de sus carreras, acaso y tan sólo, un “opioso” intento de perpetuar su figura y así la venta de discos? Probablemente no. Creo que ambas decisiones son acertadas ya que, en todo caso, por muy industrializada que se nos haya contado la historia, debemos siempre recordar a aquellos que vinieron por quienes fueron y aquello que les definía. Igual que no compartiremos fotos de Hepburn en su vejez, tampoco creo que sea dignificante recordar a un artista como jamás quiso llegar a encontrarse.

Soy cineasta, y también soy seguidor de Queen. Adoro a Freddie. Por eso, aun consciente de todo lo que la película es, pudiendo haber sido lo que se esperaba de ella, salí de la sala con la cabeza dolorida de llorar y el rostro magullado de sonreír. Y auguro que así será como saldrán la mayoría de espectadores de la sala. Soy de los que aprecian que Singer nos haya traído de la forma más espectacular el Live Aid del ’85 para todos aquellos que no pudimos asistir.

Como este biopic, habrá otros más adelante. Esta historia jamás dejará de contarse y, en algún momento, el filme caerá en el olvido. Y ya está bien, porque, ¿quién quiere vivir para siempre?

Artículo de Sergi Páez.

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