Llevo días queriendo sentarme a escribir sobre qué está sucediendo en Barcelona y en Cataluña. Sobre sentimientos y sensaciones que tengo viviendo aquí, aunque no haya nacido en esta autonomía, pero no termino de saber por dónde ir. Supongo que así estamos muchos, la gran mayoría me atrevería a decir, y solo los más extremadamente ideológicos parecen tener claro la visión de conjunto de todo lo que está sucediendo.

Yo no, ni de lejos.

Veo a mucha gente convencida de que los violentos que se han dedicado a reventar calles, mobiliario urbano y quemar contenedores son miembros del colectivo independentista que han decidido lanzarse a un eufórico momento de batalla para lograr… ¿El qué?

También he visto a otros muchos que dicen estar a favor de la no violencia alegrarse por tal despliegue de la misma, como si las ideas propias que ponen sobre ellos justificaran lo que sucedido en mayor o menor medida.

No faltan los que acusan a los Mossos y el dispositivo que han montado de ser los auténticos responsables de todo, incluyendo el montar las barricadas y quemar los contenedores. También los que dicen que este acto fue hecho por los manifestantes solo para protegerse de los ataques de un cuerpo enloquecido, que busca golpear con ansias al que esté delante.

Pero no se queda aquí la cosa, nada más lejos.

También hemos visto a personas manifestarse pacíficamente en sentadas y a policías estar vigilantes sin verse obligados a actuar. Extrañamente, aunque esto parece que se le escapa a demasiadas personas, estas dos circunstancias van casi siempre de la mano.

Puede que un punto importante sea también el de diferenciar entre la violencia física y la que no lo es. Es decir, violencia no es solo partir la cara a alguien que te cae mal (eso además, es de capullos) también lo es lanzar bolsas de basura, insultar, intentar intimidad… Eso también es violencia.

Y seguro que en este punto, en dependencia de tu ideología política y tu visión de la vida, estarás pensando “¡Eso es lo que hacían ellos!”.

¿Qué ellos?

Hay que empezar a dejar atrás el ellos y los demás, hay que empezar a caminar en un nosotros permanente. Hay mucho más que une a las personas que aquello que las separa. Entre mis amigos habituales en Barcelona tengo un par de derechas, otro comunista, una de centro que tira hacia la izquierda, otro de centro que va más por la derecha, y uno de izquierdas que es con el que ideológicamente tengo más en común, aunque no siempre. Todos ellos son catalanes, excepto yo que nací en otra parte del país, solo dos tienen padres independentistas y solo uno lo es. ¿Acaso importa?

Y cuando quedo con uno o con otro nunca suele haber problemas, salvo excepciones pero es que todos somos humanos, somos personas. Hablamos, tomamos un café, comemos un kebab, charlamos de la última película que hemos visto, de un libro que nos está apasionando, de nuestros miedos y de qué deseamos en la vida. Lo habitual en una amistad sana y sincera, en la que por supuesto también hay momentos de enfados y malentendidos, pero como acabo de decir, todos somos humanos.

El viernes pasado unas 750 000 personas según organización (la Guardia Urbana lo cifró en 525 000), un número nada desdeñable que es más o menos un 10% del total de la población de Cataluña, llegaron a Barcelona con las autodenominadas Marxes per la Llibertat. Su intención era la de demostrar unión entre ellos, pero también descontento con la sentencia judicial de los políticos presos y siempre de fondo esa etérea e indefinida libertad (que, en cierta medida, supongo que todos ansiamos conceptualmente). Se juntó una gran cantidad de personas de todas las edades, desde abuelos a nietos, pasando por padres, hermanos e incluso perritos ataviados con banderas independentistas (y por lo que vi con mis propios ojos, con pinta de estar pasándoselo muy bien con el paseo y el gentío), pero tal y numerosa masa no es mayoritaria, algo que ha quedado demostrado muchas veces por números propios y ajenos, como en la apenas seguida “huelga general” que se celebró el mismo día.

Pero sí es un grupo a tener en cuenta, ya que es una parte importante de la población la que muestra su descontento desde hace años. Y también debe tenerse en cuenta al resto de los que vivimos en esta autonomía, seamos o no catalanes (servidor lo es a efectos del censo, puesto que voto aquí), ya que en demasiadas ocasiones los otros habitantes quedan en parte ocultos tras todo el ruido y atención que los focos mediáticos siempre dan al denominado “relato independentista”.

Hay más de un “pueblo catalán”, por usar un término que suele estar muy presente en sus discursos, ya que tan catalán es uno que ha nacido aquí y se ha marchado a vivir a otra comunidad autónoma de España, el que tiene un padre de otra parte del país, o los que venimos de fuera pero hacemos nuestro día a día aquí. Lo que hay es un “pueblo” conformado por muchas personas, gente muy distinta que intenta salir adelante, y ni de lejos es una fuerza uniforme que lo que anhela es que Cataluña se separe del resto de España.

Los hay que lo quieren, claro. El movimiento independentista aglutina por igual a derecha, centro e izquierda, a obreros, clase media y clase alta, pero no a la mayoría de la población. Esto no hace que sus argumentos sean más o menos válidos, lo son en tanto el respeto a los demás y a la diferencia de opiniones se mantenga por encima de todo (algo que no siempre sucede, no solo aquí, este es un mal por el que pasamos a veces, y con el que hay que enfrentarse en ocasiones para ser justos).

Lo que también hay entre todas las personas, sean de este país, de Inglaterra, de Francia o de Estados Unidos, son colectivos que como único fin tienen el salir a montarla, a quemar contenedores, a hacer pintadas y provocar el caos allá por dónde pasan. El que tengan o no vinculaciones con una idea política de un espectro o de otro, queda de lado ya que sus formas los unen mucho más de lo que ellos estarían dispuestos a reconocer. ¿O hay diferencias notables entre un grupo de extrema derecha que pega una paliza a un chico de extrema izquierda, y un grupo de extrema izquierda que pega una paliza a un chico de extrema derecha?

Y mientras todo esto sucede, un gran número de los ciudadanos tenemos que ir con cuidado, vigilar y evitar ciertas zonas mientras en ellas se desencadena el caos. Pegados a los informativos y actualizaciones de los diarios para ir sabiendo más, mientras mandamos WhatsApps a nuestros conocidos para comentar lo que estamos viendo, pero más que nada para así saber que todos estamos bien, en casa, a refugio, sin pasar por unas calles que nos han robado.

Estos días he tenido amigos que han visto arder el contenedor por el que pasaban al lado, otros que han tenido que dar un gran rodeo para llegar hasta casa con su esposa e hijas solo para contemplar que esa noche en su calle montaban una barricada, la tienda en la que trabaja otra amiga cerró sus puertas antes para que todos pudieran irse a sus casas sin peligro y al día siguiente el escaparate estaba lleno de pintadas y boquetes. Y la lista seguiría…

¿Qué se está logrando con esto? Nada, solo el temor, el miedo y la desconfianza. O igual es eso precisamente lo que se pretende. También he visto un conocido que aplaude lo sucedido y no se opone a tales actos de los violentos, otro que no sabe si seguir leyendo medios nacionales por lo que otros le han dicho y prefiere seguir solo con los regionales, algunos optan por estar pegados a las redes sociales para informarse a través de ellas lo que es un grave error que conlleva rápidamente a la desinformación, y parte prefiere transitar por el camino de permanecer lo más ignorante posible a fin de mantener su calma interior para poder seguir con su día a día.

Querría terminar este artículo de alguna forma, quizá citando a Einstein en su conocida sentencia sobre qué es el nacionalismo, o puede que a Churchill con alguna de esas frases suyas que eran para rubricar en piedra… pero creo que solo hay dos palabras con las que poner fin a estos párrafos sobre nada en concreto, unas letras que no son más que un conjunto de sentimientos y sensaciones.

Las dos palabras van entre símbolos de exclamación, no puede ser de otra forma, y sirven para un sinfín de situaciones. En su sencillez radica lo maravilloso de las mismas.

Son estas.

¡BASTA YA!

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