La espía roja es una sencilla película de espionaje en la que, como es habitual del género, la amistad y el amor se entremezclan con la desconfianza y la traición, todo ello con una gran dosis de humanidad y buenas intenciones. Su director Trevor Nunn (ganador del premio Olivier y el premio Tony, director de la representación teatral de Los miserables o Noche de Reyes) saca adelante con acierto y buen hacer toda la trama, pero sin que realmente llegue a destacar ningún momento del metraje haciendo que la importancia del total sea prácticamente siempre la misma.

La narración se realiza sin artificios y se plantea como un cuento fácil de seguir, adentrándose en la vida de Joan Stanley, una joven británica dedicada a las ciencias que enamorada del hombre equivocado, Leo Galich (Tom Hughes), pasará información a los comunistas convirtiéndose así en una traidora a su propio país. Un hecho que no tendrá consecuencias para ella hasta ser ya una mujer anciana, siendo entonces interpretada por la gran Judi Dench que se convierte sin duda en lo mejor de toda la producción (como siempre, esto es así).

La película viaja constantemente entre dos épocas, el presente y el pasado siendo este el que sucede entre 1938 y 1947. Será en esta época en la que el espectador conozca la vida de la protagonista y cómo comenzará en el mundo de la inteligencia oculta tras los terribles bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, con la firme intención de lograr que nada así pueda volver a suceder.

Esta versión de décadas pasadas de la protagonista es interpretada por Sophie Cookson, quien logra sacar adelante su papel y hacerlo creíble, aunque en ocasiones el guion de Lindsay Shapero peca de ser más telenovelesco de lo que debería y roza casi la exageración. Esta historia, y la novela de Jennie Rooney que adapta el filme, se basa en la vida real de Melita Norwood, quien fue una agente doble apodada “Hola” y también “Tina”, llegando a ser considerada la espía británica más importante del KGB, aunque sus motivos y los de ella no fueran por el mismo camino.

Hay que reconocer que la producción tiene cuidado en su puesta en escena, con una cuidada fotografía y una acertada banda sonora, lo que permite que mantenga el tipo durante todo el metraje, logrando tener al público atento a qué sucede y cómo, siendo una película disfrutable para cualquier espectador siempre que este no espere nada más.

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